lunes, 18 de julio de 2011

Vinotinto, mon amour


Llevo algún tiempo trabajando en un proyecto que tiene que ver con la construcción de la biografía del lector; es decir, preguntarse -y preguntar a otros- cuáles fueron esos libros que a uno le marcaron momentos cruciales en la vida y que significaron puntos de inflexión memorables. Lecturas que de alguna manera contribuyeron con un retazo más para esa colcha cosida con mil cosas rarísimas que llamamos identidad. Porque en el ejercicio de intentar trazar ese mapa podemos encontrar claves en nosotros mismos que quizás sirvan para incentivar a otros a la lectura.

Sin embargo no es de libros ni de fomento a la lectura que quisiera hablar tal día como hoy, mucho menos cuando anoche la Vinotinto venezolana por primera vez en su historia se coló a las semifinales de una Copa América, esta vez no quiero hablar de otra cosa sino de fútbol, de la necesidad que siento también de preguntarme y preguntar a los demás por nuestra biografía de fanáticos de la Vinotinto.

Creo que la primera vez que supe que Venezuela tenía equipo de fútbol y que vestía -en vez del lógico tricolor nacional repartido a lo largo del uniforme- con una extraña camiseta vino tinto fue en unas eliminatorias al mundial de España 82. Ese día vi el juego con mi papá, en el televisor a color (toda una novedad en casa) ubicado en la sala. “¿Papá y por qué vino tinto?” “Pues porque alguien se habrá robado los reales para esos uniformes y cuando los fueron a comprar sólo alcanzaba para esa tela rojo tostada y nos jodimos hasta el sol de hoy”. Vimos el juego (con cara de angustia y los ojo semicerrados) y ese día para variar perdimos. Jugamos contra Brasil y Brasil nos tenía ahogados, maniatados, fusilados a punta de cañonazos y tiros de todo calibre contra los postes, contra la humanidad del arquero, contra todo lo vinotinto que se moviera sobre el gramado del Estadio Olímpico de Caracas. Aquello era un calvario. Y a pesar de la sensación ineludible y aún fresca de que aquello era una pela entre burros y tigres, Brasil nada podía con nosotros (es una belleza eso del fútbol, los que juegan son siempre otros pero los fanáticos lo conjugamos todo en primera persona del plural). Tuvo que venir una jugada en la que un brasileño remató de cabeza con el arquero ya vencido y alguien (juro recordar que fue el capitán Pedro Acosta o quizás el más talentoso de los criollos de esos tiempos, Bernardo Añor) se lanzó de palomita sobre la línea de gol y metió el puño cerrado. El balón no entró, se fue limpiamente al córner por encima del travesaño, pero sí pitaron el penalti. Sigo convencido de que no debieron haberlo pitado, todo fue tan rápido, tan épico, tan bonito que el árbitro debió haberse hecho el bolsa. Debió pitar el penalti pero al revés, a favor de Venezuela, o pitar el final del partido en ese instante aunque faltara media hora de juego. Los argentinos llevan décadas hablando de la dichosa mano de Dios de Maradona, nosotros tenemos nuestra propia mano de Dios que no fue para meter un gol sino para evitarlo (una mano noble, justificable, digamos que una mano tocada con esa hidalguía que otorga la defensa propia). Pero ésa, la nuestra, nadie la recuerda ni la cuenta.

Algunos meses más tarde, en esas mismas eliminatorias, el papá de un amigo del colegio nos llevó al Olímpico a ver el juego de Venezuela contra Argentina. Y Argentina nos metió 5 ó 6… quizás 8. Perdimos feo y lo recuerdo que el estadio estaba vacío, no tenía ni un tercio de la grada llena. Y también recuerdo, sobre todo, que después del 3 a 0 fueron varios los espectadores que saltaron la talanquera, que le hincharon a la albiceleste y hasta corearon el “ole” cuando los argentinos pasaban de los 20 pases sin que una sola pierna vinotinto se les atravesara en el camino. Salimos de ese estadio con una humillación una tristeza que ni los helados de Crema Paraíso de chocolate con lluvia de chocolate y maní pudieron maquillar.

Viví la adolescencia y la temprana juventud en un país donde la gente cada cuatro años se pintaba la cara de verde, amarillo y azul y se escribían con errores ortográficos y con toda desvergüenza “Orden e Proggreso”. Un país donde todos los apostadores a ganador se iban a bailar samba y a tomar caipirinhas en Las Mercedes cada vez que jugaba Brasil. Un país donde esa cosa infesta y degenerada llamada Venevisión, liderada por los Cisneros (no me cansaré de decirlo jamás: los grandísimos responsables de la marginalidad mental de varias generaciones de venezolanos) para promocionar sus transmisiones del fútbol decían cosas como: “Vamos, nuestro Ronaldo, que Venezuela entera está contigo”. Fui niño y joven en un país donde varias veces tuve que justificar ante mis propios compatriotas por qué me gustaba ver los juegos de la vinotinto o, en otras palabras, cómo se me ocurría ser tan masoquista: “para qué, si eso es el eterno jugamos como nunca y perdimos para siempre”.

He visto también al presidente que nos gastamos dar una alocución en cadena nacional vestido con la verdeamarela pocas horas antes de la final entre Alemania y Brasil en el mundial de 2002. Que no se nos olvide jamás esa imagen patética por los cuatro costados. Chávez embutido dentro de la camiseta brasileña dando un discurso a la nación, prohibido olvidar.

Vi a Venezuela perder 7 a 1 contra Bolivia en Cachamay. Lo hicimos a los 22, directo de una fiesta, en esos momentos en los que uno se jura (y casi es, de hecho) inmortal, nos subimos a un carro a las 5 de la madrugada y nos echamos diez horas de carretera para ver a los nuestros en Puerto Ordaz. Y en ese partido metimos el primer gol y fuimos felices y luego los bolivianos (que parecían ser muchos más en el terreno y definitivamente lo eran en las gradas) nos encajaron 7 cortesía del Diablo Echeberry y sus demonios verdes del altiplano. Pasamos del cielo al inframundo en menos de 90 minutos. Un espanto. Un verdadero descenso a los infiernos. Y sin embargo, a pesar de todo, a uno se le ponía la piel gruesa y cada vez que había juego de la vinotinto te volvías a emocionar y se te reseteaban todo ese inconmensurable déficit de goles y palizas.

Era hermoso ser vinotinto, vinotinto aunque mal pague. Era hermoso porque sentirse parte de la resistance lo es. Porque tener síndrome de salmón y empeñarse en nadar a contracorriente tiene un encanto especialísimo, sobre todo cuando se es joven (que se puede a cualquier edad). De alguna manera fue hermoso encajar todas esas derrotas y anécdotas. Todas esas ilusiones y decepciones. Era inclusive hermoso que el señor del kiosco te preguntara: “¿Esa camisa que tienes es la de Venezuela? Verga, pana, que vaina tan horrible”.

Y fue hermoso haber pasado por todo eso porque en el fondo todos los que pasamos por allí sabíamos que algún día las cosas iban a cambiar.

Anoche mi cuñada me preguntaba justo después del juego que ganamos 2 x 1 contra Chile (y en el que casi morimos de un infarto y luego de la emoción): "¿Y esto es obra de Richard Páez… o de César Farías?”. Y no me atreví a darle mi respuesta más honesta que no es otra que: esto es obra de Fuenteovejuna, la nuestra. De absolutamente todos los pendejos, los ilusos, los optimistas, de todos los que alguna vez vimos jugar y sufrimos con la Vinotinto. Es obra de los 22 muchachos que están hoy en Argentina regalándonos una luz al final del túnel (ciertamente la cosecha del vino tinto criollo del 2011 será recordada como la mejor del continente). Por fin una alegría para este pueblo tan golpeado que últimamente sólo ha sido famoso por las mamarrachadas de sus gobernantes de turno, por los altibajos del petróleo, sus melodramas y sus misses. Por fin somos noticia por algo que no está signado por el odio, el vacío o la estupidez, algo que nos une, nos hermana, nos refresca el alma. Es obra, sí, de César Farías y de sus chamos de la Vinotinto 2011, pero también es obra de todos los que alguna vez se pusieron la casaca vino y se enfrentaron a Maradona, a Zico, a Francescoli, a Valderrama, a Zamorano a Aguinaga, a pesar de todo, aunque las piernas temblaran y aunque el marcador señalara ya un 6 a 0 y todavía faltaba el segundo tiempo. Es obra de todos los locos incurables que dejamos el televisor encendido hasta el pitazo final o que nos quedamos royendo la derrota hasta que la tribuna se quedara vacía.

En fin, sin caer en triunfalismos, porque es sano asumir que seguimos siendo (sí, la conjugación es en primera persona del plural y a mucha honra) humildes, modestos y pequeños, pero creo que los venezolanos por fin nos hemos creído que realmente sabemos jugar al fútbol. Que los golpes sobre la mesa también los podemos dar nosotros. Nos hemos convencido de que podemos jugar contra quién sea y que además se nos da naturalmente. Como se nos da el baile, como se nos da la risa para burlarnos de todo y convertirlo todo en un bochinche, como se nos da el béisbol o las hallacas en diciembre, como se nos dan los músicos, los artistas plásticos y los poetas. Se nos da y punto.

Y pase lo que pase a partir de ahora, aunque nos caiga una que otra goleada, les digo honestamente que esta vaina cambió, que ya nunca más será igual y que se preparen aquí y allá. Porque la cenicienta finalmente encontró su botín y está dispuesta a salir con los tacos por delante.

Y sí, está claro, esta metáfora de la Vinotinto no tiene que ver solamente con el fútbol.


27 comentarios:

Ophir Alviárez dijo...

José, ayer a miles de kilómetros de "casa", mientras veía el juego y procuraba controlar los latidos y las manos sudadas pensaba precisamente en tanta pero tanta gente que como tú confiaba en que la cenicienta encontraría su ritmo y nos pondría a todos a celebrar y entre el susto y la ansiedad imaginaba que mi papá, un hombre fanático (cuando fanático era una palabra que emocionaba y no daba alergia) que amaba a la selección desde siempre e iba al estadio en San Cristobal para aupar al Deportivo Táchira en una época en que nadie apostaba nada, de estar en alguna dimensión, debía estar tan fascinado como me sentía yo y también tan orgulloso y entre una y otra jugada, mientras intentaba estirar el reloj a favor y me escurría las lágrimas recordándolo, me rehice en la idea de que se vale creer y crecer y confiar y sobre todo arriesgarse y alzando mi vino tinto brindé en en su nombre y en el de esa primera persona del plural que hoy nos une y de la agradezco formar parte.

Gracias por describirlo tan, tan lindo y por las sonrisas.

Ophir

Anónimo dijo...

Anoche al saborear el triunfo de la Vinotinto, mi hermana Eva y su hijo Román, recordaron dos trabajos de José , escrita en los comienzos,: cuando la selección era derrotada, una y otra vez: "De como la Vinotinto fué al mundial" y "Hooligans a la criolla".
Felicitaciones por aquellos dos trabajos y por este tan alegre y emocionado al festejar su triunfo .

german dijo...

me acuerdo, y me he estado acordando del post y el zapatazo de cachamay durante toda esta copa america. Todavia falta mucho por recorrer pero al menos ya nos damos cuenta de que vamos avanzando.

Anónimo dijo...

Excelente, como siempre...una lectura sin desperdicio. Gracias José

Manuela Zárate dijo...

Joséeee! Qué belleza. Primero que nada, me muero por ver ese proyecto. Estoy segura de que va a ser algo espectacular!

En cuanto a la Vinotinto. No sé cuándo fue la primera vez que la vi, no le paro mucho a los deportes, sólo en los partidos típicos en los que la familia se reune a hablar gritado frente a la tele, cada uno con su análisis técnico preciso, y sus preferencias emocionales.

En todo caso, yo a veces peco de nacionalista. Detesto los comentarios de "seguro llegamos detrás de la ambulancia." o "yo ni sé para qué van a jugar, si Paraguay nos va a ganar 7-0."

Y la verdad me he gozado, mucho más de lo que me imaginé ver a la gente diciendo cosas como Grande Venezuela. Sí tan sólo aplicáramos eso un poquito más, levantaríamos nuestra autoestima, cosa que es lo más golpeado tenemos y lo que nos impide salir de esta relación infecta que tenemos con quienes nos gobiernan. Como la mujer que se cree cualquier cosa con tal que el marido le tire alguito de cariño.

Quién sabe...yo creo que en las señales, y en los cambios que inspira el deporte.

Excelente post! Gracias!

the goddamn devil dijo...

demasiado sublime compañero, no puedo sino quitarme el sombrero ante ti...
sabe cuando me acorde de esto que usted dice, en el tercer gol de Venezuela ante Paraguay, el grito de Gol del comentarista, o mejor dicho los tres comentaristas de Meridiano reflejaba la alegria de quien se comio las verdes, mejor dicho las mas verdes y ahora disfrutan de esto, porque ellos creyeron cuando los demas no, cuando no habian patrocinantes, cuando no pasaban los juegos del torneo local, cuando la comitiva vinotinto casi que eran los 11 que jugaban unos reservas y una coñaza de coleados, si porque no se debe olvidar que para llegar aqui hubo mucha sangre, mucho sufrimiento, y muchas lagrimas, pero siempre hubo fe, no de mi parte debo de admitir, pero nunca me he ido a ligarle a otro equipo, porque esos coño de vinotinto nos representan y por eso hay que apoyarlos..
me quito el sombrero mister urriola, ya lo compartimos...
saludos

Adriana dijo...

siii, una maravilla!!! :D

Pero confieso que menos mal que tambien hay una camiseta blanca con unas discretas rayitas vinotinto a los lados, porque ese color es horroroso!! jajajaja

Omar dijo...

Bueno, Urriola, yo soy venezolano; un venezolano viviendo en Chile. Me tocó ver el partido en un terminal de buses en Rancagua, rodeado de gente que daba por ganado (habría que añadir, sin ánimo de exagerar, que daban por goleado) el encuentro. Cuando La Roja empató, hubo algarabía: "uta, ya ganamos ésa weá, weon", decían. Y yo callado, pensando en que faltaba mucho por jugar todavía. Con el segundo gol venezolano hice, se me salió, lo que escribes en tu blog; fui yo quien dio el golpe a la mesa y allí, entre ciento y pico de chilenos grité: "goool, carajo... así se juega, no joda". Lo grité en venezolano, tan clarito que nadie me dijo nada. Luego terminó el juego y sólo habían caras largas y reproches por emisoras de radio. Nadie podía creerlo. Yo sí, porque desde aquél cero con Brasil en primera fase, pude confirmar que algo había cambiado con nuestra selección de fútbol. Mi mujer, que es chilena, me preguntó si ésta victoria era una buena noticia para nosotros. Le contesté que sí, una de las mejores en no sé cuánto tiempo,y por muchas razones, además.

Un abrazo. Saludos.

Anónimo dijo...

Hermoso relato! Aún tengo lagrimas. Fuimos pocos los que vimos surgir a la vinotinto y es una alegría verla convertida en pasión colectiva.

Fabian dijo...

Hermano felicitaciones por lo que escribes y la forma como la escribes, si es verdad estamos saliendo adelante, y si me siento muy orgulloso de ir a ver a mi seleccion y sufrir y hasta llorar algunas veces de la impotencia con cada partido perdido, pero hoy el hoy es muy importante y estamos muy felices de ver a nuestra seleccion ir callando cada boca que aun niegan que nosotros si nosotros la vinotinto esta saliendo adelante y como tu dices con los tacos defrente.

Excelente y gracias

Anónimo dijo...

Y DONDE ESTAN...????
Y DONDE ESTAN...????
Y DONDE ESTAN...????

Hans Graf dijo...

Pana, me haz hecho llorar por las memorias...Gracias


Todos a la una....

Alejandro Landaeta dijo...

Pana, que excelente, yo apenas tengo 15 años, y me acuerdo que en el 2002, me dijeron:"Ponte tu camisa de Brasil, vamos a salir a celebrar" y yo dije:"No, la mía es la vinotinto..." Y desde ese día, he llorado, he reído, he gritado y he pasado roncha, a lo muy venezolano, con cada partido vinotinto! Y gracias, porque esto expresa mucho el pensamiento del jugador número 13, después del técnico y su equipo, la afición, la grada! Excelente.

Alvaro dijo...

José, no sabes cómo me vi reflejado en tu post! imagineo y quiero creer que somos muchos más los que pasamos por eso. Mi padre era (si, en pretérito) de los que me decía "otra vez vas a ver a esos perdedores? como te gusta sufrir) y me tocaba ver los juegos en el tv a blanco y negro de la cocina. Incluso hasta llegué a escuchar los juegos por radio!
Dios me dio el regalo de estar en Montevideo cuando le "ganamos" 3 a 0 a Uruguay, una sensación indescriptible, casi tan grande y asombrosa como la del domingo! las piernas me temblaban y en el 3ro lloré de alegría, además éramos 40 venezolanos contra todo el Centenario.
Lo mejor de todo esto que está pasando es que es fruto del esfuerzo de millones, desde los profes en las escuelas, de los que se sudaron la camisa en los 80 sin ser profesionales, de Pastoriza, de Páez; la vinotinto es el ejemplo perfecto de la asociación y el aporte de lo privado, sin los patrocinantes hubiese sido imposible!
muy buena nota, es evidente que la esribes de corazón, esperemos poder seguir progresando hasta que la próxima generación no entienda por qué carrizo nos decían "la Cenicienta"

Jose Urriola dijo...

Vaya... qué belleza. Gracias a todos por leer y comentar, pero sobre todo gracias por compartir sus autobiografías como fanáticos vinotintos. Siempre he creído que el fútbol es una metáfora prodigiosa para hablar de muchas otras cosas, por eso les agradezco sus aportes para intentar construir este mapa del peculiarísimo fanático del fútbol venezolano de ayer, hoy y de mañana. Es una tarea que tenemos los criollos pendientes y que nos corresponde a todos levantar, cada uno con su anecdotario.
Un abrazo y mil gracias otra vez,
JU

Anónimo dijo...

Y como he llorado leyendo estas lineas...
Me siento totalemte identificada!!
Por ahi dicen que si no lo sientes no lo entiendes, y puess es así... yo creo que los Venezolanos estan empezando a sentir a la seleccion... Es increible recordar esos días cuando no se si por masoquismo o sencillmente amor puro veia cada juego con mi hermana, y no dejabamos de ver ni un segundo de los partidos asi las goleadas fueran enormemente dolorosas, recuerdo a mi madre con el corazon casi en la mano diciendonos: "no vean mas ese juego..." Solo por el hecho de no soportar mas el vernos llorar...

Jamas volveremos a ser Cenicientas!
Y hoy mas que nunca debemos sentirnos Orgullosos de que por nuestras venas corre sagre VENEZOLANA,llevemos nuestra camisa Vinotinto con la frente en alto!!
Por que hoy sencillamente lloramos, pero de Felicidad!!

Gracias por escribir tan bellas lineas!
Saludos!

shadi dijo...

leyendo este blog que nunca hago eso para empezar, me hicieron recordar toda mi infancia donde veía a mi padre y abuelo (que por cierto era brasilero de nacimiento y crianza, pero Venezolano de Corazón) escuchar por radio los partido porque no lo trasmitían, llevarnos al Cachamay a ver los juego de la vino tinto y cualquier partido nacional y diciéndonos.NO IMPORTA DONDE ÉSTE TU ERES VENEZOLANA Y ERES VINOTINTO. Amo mi país, amo el fútbol y siempre he seguido aunque perdiera la selección, he llorado como lo hago ahora leyendo estos y sigo la tradicción de mi padre y mi abuelo le enseño a mi hija amar el fútbol. El día que estaban transmitiendo el fútbol mi hija de 5 años me pregunto porque es vinotinto, y mi esposo le dijo porque en un juego que se disputo contra Colombia (creo) no teníamos uniforme diferente que nos diferenciara y tuvimos que usar el uniforme de la guardia nacional de nuestro país que es Vinotinto que ellos mismo nos prestaron para poder jugar. No sé si es cierto, pero conociendo mí gente creo que es posible porque nosotros somos hermanos de corazón y nos ayudamos. Por eso HOY Y MAÑANA SERÉ VINOTINTO

Anónimo dijo...

que recueros

Anónimo dijo...

Urriola siempre aguando el guarapo con sus metáforas.

Angel Rivero dijo...

No voy a recordar las palizas que nos dieron, pero supe que todo había cambiado cuando vi en el monumental de Maturín que nos pitaron un penalti en descuento de tiempo contra Colombia y nuestro arquero Rafael Romo lo paro y de ahí los chicos de la sub20 se fueron a debutar a Venezuela en un mundial, el Egipto 2009 con un 1-0 contra Nigeria que nos dio el pase a octavos.
Y sí, prohibido olvidar, pero ojala que no se ponga la vinotinto que nos da la pava loca y sino pregúntele a Magallanes, jeje.
Vinotinto, vinotinto eeehhhhh, vinotinto eeeehhhhhhh..!!!
Saludos

Angel

La Txatxa! dijo...

Por dios santo, José Urriola! Cómo me haces esto! No te conozco, pero aún así has logrado tocarme le corazón a través de la pantalla del computador... Y me has hecho llorar a mares como una mismísima pendeja! Qué texto tan hermoso, tan conmovedor! Gracias una y mil veces por regalarnos estas palabras!

María Antonieta Arnal dijo...

Muy bueno. Ahora espero el comentario de la semifinal y después el del tercero o cuarto puesto.

Susana Sussmann dijo...

Yo nunca voy a olvidar aquél partido amistoso entre Chile y Venezuela que se jugó en Santiago pocos días antes del ataque a las Torres Gemelas. Estaba allá haciendo un trabajo, y los chilenos, condescendientes ellos, me invitaron a ir a ver el partido. Decliné. Al día siguiente todos esquivaban mi mirada. Vencerlos, nosotros, en su casa, la sensación de triunfo, de cenicienta redimida, fue hermosa.

Pablo Pacheco dijo...

Al igual que tú recuerdo las amargas derrotas y cómo cada partido lo vivía con mi padre por el canal 5 (cuando transmitía la misma programación que el 8 menos cuando había un evento especial), cómo una y otra vez pensaba en "hoy si, hoy si sacaremos un buen resultado"...este equipo nos ha demostrado que el tiempo siempre premia a aquellos que no se rinden nunca, que creen en sí mismo a más no poder sin importar las adversidades...gracias por ese escrito José, me hiciste revivir muchos momentos inolvidables y solo les pido que sigamos apoyando a nuestro equipo en las buenas y en las malas...al final siempre será eso...NUESTRA vinotinto.

Anónimo dijo...

FELICIDADES, no me queda mas que decir hermoso todo esto que ha escrito!

Diego Diaz dijo...

Oie Jose, ¿la primera vez que le preguntaste a tu Papa sobre de donde viene el color vinotinto de la camiseta no fue un partido que tu fuiste al olimpico con tu viejo a ver un Venezuela - Brasil? Lo pregunto porque eso relataste en el escrito "Sudor Vinotinto" del libro "La vinotinto de pasion de pocos a delirio de multitudes".

Jose Urriola dijo...

Diego,
Ante todo recibe mi agradecimiento por tu lectura y por tu comentario. Tienes toda la razón, la primera vez que hablé con mi viejo sobre el tema del color vinotinto de la selección nacional fue en ese instante, el único que recuerdo en el que papá se dignó a ir al Olímpico conmigo para ver un juego de la Vinotinto, que relaté en "La vinotinto, de pasión de pocos a delirio de multitudes". Sin embargo, esta vez, cuando escribí esta entrada de "Vinotinto, mon amour", quise hacer un guiño a las tantas veces que papá se "inmoló" en ver un partido de la Vinotinto en la tele de la sala de la casa a mi lado. Tal vez mucho más consciente y escéptico que yo en cuanto al resultado que nos depararía ver esos juegos. Digamos que me tomé esa licencia que espero sepas comprender, también como un intento de no repetir una y otra vez las cosas que ya he contado en otras partes y para rescatar un pedazo de memoria que se me había quedado en el tintero en otras oportunidades.
Mis respetos y saludos,
JU