martes, 8 de noviembre de 2011

De Ron Mueck a La otra Tierra


Hace pocas semanas tuve el placer de ir con mi esposa y mi cuñada a ver la exposición –breve pero suculenta- del artista australiano Ron Mueck. Y hace dos días, en idéntica compañía, tuvimos el gusto de asomarnos en esa gema humilde del cine de ciencia ficción independiente llamada Another Earth de Mike Cahill.

Intentaré con esta entrada construir una sonda espacial que conecte ambas obras, que intente trazar un vaso comunicante entre estos dos universos aparentemente tan distantes y disímiles pero que ahora mismo se me antojan tan vinculados.

Comencemos con Ron Mueck, un artista plástico proveniente del mundo de los efectos especiales cinematográficos a quien le debemos el imaginario fantástico de películas como The Dark Crystal (1982) y Laberinto (1986). La obra plástica de Mueck se inscribe dentro de la propuesta del hiperrealismo, una meticulosa representación de la realidad donde los objetos artísticos se nos hacen perturbadoramente similares a aquellos originales que han servido de modelos. Ron Mueck, a partir de silicona y otros polímeros que utiliza como materia prima, hace un calco tridimensional de figuras humanas y animales. El chiste no tendría gracia alguna (mejor sería irse directamente a un museo de cera) si los objetos de Mueck no estuvieran tocados por ese efecto de reflejo especular distorsionado. Sus figuras son exageradamente pequeñas o abrumadoramente grandes. Como si fueran evidencias de la existencia de un mundo paralelo idéntico al nuestro pero donde las personas y los animales son víctimas de otros juegos de la escala y la proporción. Son iguales a los que conocemos pero pequeñísimos o son idénticos pero gigantescos. Y eso produce una risa nerviosa que se parece un montón al vértigo o al susto.

Ron Mueck parte de la similitud exagerada para devolvernos, curiosamente, una mirada extrañada sobre la realidad.


Mueck tiene la valentía –no encuento otra palabra para describirlo- de construirse un autorretrato de su propia cabeza dormida pero en un tamaño que supera al metro de diámetro.


También lo podemos ver flotando sobre el eje vertical, en una cama inflable, como un muñeco veraniego a escala, perfecto en cada detalle, de apenas 1,20 metros.


En “Man on a Boat” nos ofrece un hombrecito desnudo que navega en medio de la sala de exposiciones a bordo de un bote de tamaño natural. Al hombrecito de Mueck, con esa cara de náufrago a la deriva, el bote le queda grande. Y cuando lo encaramos es inevitable pensar que a todos, alguna vez, el mundo nos ha quedado enorme también. (Bueno, habrá más de un soberbio que se negará a aceptarlo)


Hay un pollo desplumado, colgando del techo por las patas, que debe tener el tamaño de un caballo. Ese pollo asusta al tiempo que, hasta en el más carnívoro de los mortales, despierta un deseo prodigioso de convertirse en vegetariano.


La mujer en la cama de Ron Mueck es una cosa descomunal de más de 4 metros. Uno cabría acostado perfectamente entre su regazo y su frente, y los brazos no nos alcanzarían para abrazarle completamente la cabeza. Me imagino a la modelo de carne y hueso asistiendo a la exposición, viéndose a sí misma en versión gigante. Seguramente pediría a los guardias –y a todos los presentes- unos minutos para quedarse a solas consigo misma. Y seguramente se los concederían, pues son muy pocos en el mundo los dignos de ese favor tan incuestionablemente merecido. Entonces, ya a solas frente a esa imagen tan idéntica y tan perturbadoramente exagerada de sí misma, la mujer le susurraría en la orejota a la gigante: “Tú siempre serás más grande que yo y no envejecerás nunca… pero no me queda claro quién sale ganando entre las dos”.


Y, tal vez, esta imagen de la mujer hablándose a sí misma (o hablándole a esa que se le parece tantísimo al tiempo que le hace verse desde afuera con una extrañeza que nadie más lograría provocarle jamás) es lo que me permitiría conectar con Another Earth, la película de Mike Cahill.

No contaré el argumento del film para no arruinarles la experiencia que bien vale la pena. Lo vale y muchísimo, primero porque hacer una película de ciencia ficción tan sólida, tan conmovedora y con tan poco presupuesto no es otra cosa que un canto a la esperanza; y segundo: porque Another Earth (La otra Tierra) es una película que se vale de los pretextos y los argumentos de la ciencia ficción pero para hablarnos de la ntimidad más humana.

Resumo fugazmente la historia: un buen día aparece sobre la bóveda celeste un planeta azul que se aproxima a la Tierra. Y a medida en que ese otro planeta se aproxima progresivamente al nuestro, los humanos nos damos cuenta de que no se trata de otra cosa que un mundo gemelo, idéntico a este, un planeta espejo donde todos y cada uno de nosotros está siendo reflejado milímetro a milímetro y acto por acto. La protagonista (una hermosa rubia que en la vida real también resulta ser coguionista de la película) decide participar en un certamen para viajar a la Tierra 2 y así buscarse a sí misma en el otro mundo. Surge entonces una reflexión profunda y estremecedora: ¿Qué nos diríamos a nosotros mismos de encontrarnos un día cara a cara vistos desde afuera? ¿Qué tan igual sería a nosotros ese extraterrestre tan a nuestra imagen y semejanza que ha vivido exactamente lo mismo que nosotros segundo a segundo pero un mundo alterno?

Ni más ni menos, el juego del hiperrealismo puesto a funcionar dentro de la realidad para hacérnosla más extraña, perturbadora y extraordinaria que nunca. El mundo, en fin, acaba asumiéndose como el más extraño de los lugares. Y la gente es rarísima, especialmente cuando nos descubrimos a nosotros mismos pero vistos desde fuera.


Hace unos años conocí a alguien que había sido adicto a los ácidos. Me contó que los había dejado por propia voluntad, sin ayuda de ningún tipo. Ocurrió que en los últimos viajes que había tenido, justo cuando estaba por entrar a su casa después de una noche lisérgica en el inframundo (o el supramundo, quién sabe) se veía a sí mismo caminando por la acera y a punto de sacar las llaves del bolsillo para entrar a casa. Durante un tiempo –mientras aún se negaba a dejar los ácidos- decidió correr, apurarse como un poseso que necesita volver al hogar, no fuera cosa que el otro llegara antes y se lo encontrara durmiendo en su propia cama, hasta que un día optó por no meterse más ácidos y así garantizarse no ser alcanzado o superado por sí mismo. Nunca más volvió a verlo (verse). Aunque, una vez más… quién sabe.

3 comentarios:

Luis Ramón V. dijo...

Conocía el trabajo de Ron Mueck aunque jamás lo haya visto en vivo y directo. La película tengo muchas ganas de verla. Y sí, el puente que lograste construir entre una y otra lo lograste y te quedó de lujo.
LRV

Anónimo dijo...

Qué interesante, yo tengo que confesar mi ignorancia sobre el tema, hoy aprendí algo nuevo. Felicitaciones al escritor y a la fotógrafa,
Augusto Herrera.

María Antonieta Arnal dijo...

Un tema existencialista, que nos lleva a pensar lo pequeño e insignificante que somos, y a mirar y dar gracias al Creador, Dios, por todo lo que nos ha dado.