viernes, 28 de setiembre de 2012

Instrucciones para sobrevivir en un proceso electoral venezolano (Primera parte)



Los venezolanos –no sé, la verdad, si sea una razón para enorgullecerse o preocuparse- tenemos un PhD en materia electoral. Somos Doctores y Doctoras en lo que a elecciones se refiere. Se nos ha hecho normalísimo acudir a las urnas (a las que sirven para depositar los votos, me refiero; aunque a las otras también nos han estado enviando masivamente en estos 14 años) una o dos veces por semestre. Quizá sin estar conscientes de que en una de estas se nos va a aparecer Lawrence Fishburne (en su papel de Morfeo, el de Matrix, vestido de cuero negro y con lentes oscuros) y nos haga caer en cuenta: No, bróders y sisters, esto que llaman realidad no es normal: Welcome to the real world.

Pero como somos tan doctos en esta extraña materia de votar tantos años seguidos hasta dos y tres veces por año, es nuestra responsabilidad compartir con los votantes neófitos -del patio y del resto del mundo- nuestros aprendizajes como insignes y expertísimos votantes.

He aquí nuestras humildes instrucciones para sobrevivir a un proceso de votación venezolana sin naufragar en el intento:

5:00 a.m. Usted se levanta sin necesidad de que nadie lo despierte, con un ánimo explosivo comparable al de un maratonista que se dispone a lanzarse los 40 kilómetros y llegar entre los 10 primeros puestos. Si bien la emoción es buena, no se extralimite, este maratón va a ser de 80 km (y puede que hasta de 120). Dosifique sus fuerzas mire que las va a necesitar mucho más de lo que ahora en estas horas de la madrugada se puede imaginar.

5.30 a.m. Usted está ya parado en la fila de su centro de votación. Le pide entonces al pana que está ubicado atrás que le guarde el puesto porque, a pesar de que ha votado 30 veces en ese mismo centro de votación, uno nunca sabe si va a aparecer en la lista de votantes a quienes corresponde ejercer su derecho en esas mesas. El vértigo será idéntico siempre, como si fuera la primera vez, y en un punto, entre esa catarata de números de cédula malpegada con tirro a una cerca metálica, usted no se va a encontrar y va a temer que una mano peluda le ha cambiado su centro de votación a uno que queda en San Fernando de Atabapo. Al final, luego de largo minutos de ansiedad concentrada, usted se encuentra en la lista y con la emoción de quien ha metido un golazo desde la media cancha vuelve a la fila que ya tiene el doble del tamaño de cuando se marchó.

6:00 a.m. La fila para votar se ha transformado -en la misma medida en que se levanta el sol y comienza a calentar el día- en un bochinche criollo. Hay vendedores de café con leche, pastelitos andinos, empanadas de queso, cazón, carne mechada y dominó, también de ponquecitos y hasta una doña con cachapas. Y usted por un momento se olvida que está allí para votar sino que más bien está esperando con un poco de panas a que abran las puertas para entrar a un concierto. El factor bochinche es la constante que acaba caracterizando a toda concentración de 3 o más venezolanos.

7.00 a.m. La gente se pone nerviosa porque no han abierto el centro de votación. Los militares del Plan República, haciendo alarde de su infinita capacidad para no tener la más minúscula idea de cómo tratar con civiles sin necesidad de considerarlos un batallón, exigen que nadie se salga de la fila, que nadie hable en voz alta, y que recuerden toditos que ellos están facultados de arrestar a quien se salga de la línea. También se empeñan en dejar muy en claro que los civiles no están allí porque es su derecho y su voluntad, sino porque Ellos en la FANB (a los militares les encantan las mayúsculas y las siglas que no pegan ni con cola y que al ponerlas juntas suenan siempre a fármaco antidiarreico) están dispuestos, sólo por hoy, a permitir que la gentecita menor (es decir, los que no llevamos uniforme) ejerzan el voto.

8.30 a.m. Finalmente se abre el centro de votación. Se le da permiso a que entren los primeros 10 votantes de cada fila. A todos menos los de la fila 8 porque hay problemas con la máquina de votación. Todas las demás ya están activas. Y sí, no hace falta que se vuelva a buscar en la lista: usted siempre estará en la fila 8 y siempre le tocará esperar a solucionen lo de la máquina, a que venga un técnico del CNE a repararla o a cambiarla.

9.30 a.m. Todos los que llegaron a la misma hora que usted ya votaron, se están comiendo la segunda ronda de empanadas, ponqués y cafecitos con leche. Y el técnico enviado (en carrito por puesto) desde el CNE nada que llega

10.30. a.m. Ídem. a la anterior.

11.30 a.m. Ídem a las anteriores pero ahora a Usted le suenan las tripas.

12.00 m. Un sujeto con gorra que dice NYU o NYPD o NY Yankees o alguna vaina similar pero siempre relacionada con Nueva York (de esas gorras que están empotradas en la cabeza, o cosidas al cuero cabelludo, o acaso son ya la cabeza misma -como una extensión del cerebro-, quién sabe, la verdad es que nadie jamás ha visto a ese tipo sin la cachucha) empezará a hablar por celular a todo volumen justo en la pata de su oreja y repetirá a voces el mismo parlamento de siempre: “Coño de la madre, chico, cómo es esa vaina que no está votando nadie ni en Petare, ni en Santa Mónica, ni en San Agustín ni en Montalbán, que las colas son de puros viejos y que los jóvenes en esta mierda no quieren votar. Estamos jodidos”. Un círculo de curiosos hará una rueda de prensa improvisada alrededor del encachuchado y éste se inflará (aún más, porque su barriga ya era del tamaño de su ego) y se encargará de explicarles a todo vatio la verdad de absolutamente todo y por qué esta vaina no tiene, ni tendrá, arreglo ni futuro.

1:00 p.m. Sigue usted en la cola (puede que ya en cuclillas o simplemente echado como un costal de papas en el suelo) cuando en eso se aparece piadosamente su esposa o su madre (que ya votaron hace 5 horas) con una mandarina o un panqué Once-Once que usted se come con el desespero de un náufrago y al que si acaso alcanza a quitarle el envoltorio pero, en el caso de las mandarinas, nunca las semillas. Cuidado con esto, porque no será el primer caso que a la vuelta de 3 meses tendrá un retoño de arbolito de cítricos germinándole en el esófago o en el intestino.

2:00 p.m. Finalmente llega el técnico del CNE, el único con licencia para reparar la máquina de la mesa 8, y entonces dejan entrar a los primeros 10 votantes de la fila. Nunca le explicarán si la máquina estaba mala, si la arreglaron, si pusieron otra nueva o si era que a nadie se le había ocurrido apretar ese botoncito rojo que decía On. Pero a usted le toca esperar a la segunda tanda porque es el número 11 de la cola (para ahondar aún más en su desesperación y para el beneplácito infinito del soldado que custodia la temible fila de la mesa 8): “Cahallero, por favor, te dije que te detente, te dije ya”.

3:00 p.m. Mandan a pasar a 10 votantes más de la fila 8, entre quienes se incluye. Usted camina con paso acelerado hacia su mesa de votación (que siempre estará ubicada a una distancia promedio de 1 km de donde se forma la primera fila) pero en eso escucha el grito de un soldado que dice: “¡Álvarez Álvarez, revísame bien al de la chaqueta verde!” (sí, usted). Entonces un segundo soldado le saldrá al paso con su fusil a cuestas para hacerle una requisa exhaustiva a un costado mientras los otros nueve pasan de largo.

3:30 p.m. Finalmente está usted, cédula en mano, en la fila para someterse a la máquina captahuellas, luego se forma en la fila de la mesa 8. De los 9 votantes que le anteceden hay 4 que necesitan asistencia para votar. La cosa se pone lenta, le tiemblan las piernas, cuando por fin entrega la cédula y pone la huella dactilar en el acta ya se le olvidó cómo era que se votaba. Pasa detrás de la cortina, enfrenta a la máquina. Coño de la madre… ¿se seleccionaba el candidato y se presiona votar o era al revés?, ¿se puede votar ya o hay que esperar que le den el go?, ¿cuáles eran las opciones que se retiraron y si las marcas son voto nulo? Usted, vuelto un ocho, vota (o cree votar bien). Recoge el papelito que expide la máquina y se cerciora de no haberla cagado. Cree que no, pero no lo sabe. Dobla la boleta con los dedos hechos un majarete y le cuesta un mundo meter ese papel minúsculo en el agujero de la urna (algo pasa con la leyes de la física en esos instantes porque la cosa no entra fácil jamás).

3:40 p.m. Usted inserta el dedo meñique en los botecitos de tinta indeleble. Contento y sofocado se regresa a su casa. Hace un alto en el camino para tomarse la correspondiente foto del dedo manchado de violeta. La manda al facebook, al Twitter, cambia su foto de perfil y la sustituye por la del dedo.

4:00 p.m. Llega a su casa y se desploma frente al televisor. Ya votó. Satisfacción del deber cumplido. Ahora a esperar que se sepa algo hasta que den los resultados…

Esta historia va apenas por la mitad, y si bien ya se imagina lo que se le viene, porque lo ha vivido decenas de veces, nunca sabrá a ciencia cierta cuánto lo va a volver a sufrir.
Fin de la primera parte.

jueves, 20 de setiembre de 2012

Entre padres e hijos



(Este relato se debe leer mientras se escucha “Mr. Somewhere” de This Mortal Coil)


Papá, de pronto, interrumpe la lectura. Se coloca el libro abierto en precario equilibrio sobre la amplia barriga, traga haciendo su característico ruido de saliva gruesa bajándole por el gaznate. Se queda absorto mirando a través de la ventana.

–Allá, hijo, en aquella estrella lejana que se ve al fondo, mucho más allá de la persiana, seguramente habrá un padre con su hijo. El padre estará leyéndole un cuento y de repente se quedarán viendo por su ventana, mirando hacia esta estrella lejana que ellos no saben que es la Tierra. Y entonces el padre seguro que le dirá a su hijo: Mira hijo, allá en esa estrellita que se ve al fondo, seguramente vivirán un padre con su hijo y el papá le estará leyendo un cuento, y de pronto se quedarán viendo más allá de la persiana hacia este planeta tan lejano para ellos y dirán “allá a lo mejor, en aquel planeta, viven un padre y un hijo que se estarán preguntando si habrá un padre y un hijo como ellos leyendo para luego quedarse viendo a las estrellas”.

Yo no respondí nada en aquel entonces. Pero a mis ocho años me pareció maravilloso aquel juego de papá. Se desarrollaba en mi mente una historia entera con los cuentos de la otra estrella. Una mejor, inclusive, que la del libro que me estaba leyendo el viejo.

Recuerdo toda esta escena y pienso en papá que murió hace tantos años mientras presiono con pereza el acelerador, avanzando por esta carretera nocturna y desierta, en dirección a casa; una casa vacía a la que hoy me da especial vértigo llegar. En eso el recuerdo se ve abruptamente interrumpido por una masa de luz que se desprende desde el horizonte oscuro y se me viene encima. Freno, soy presa del encandilamiento cuando aquella nave enorme de mil luces me aterriza justo enfrente para bloquearme el camino.

Una criatura alada pero de aspecto curiosamente familiar se baja de la nave, camina hacia el auto y una vez a mi lado golpea con gentileza la ventanilla. Bajo el cristal con la certeza de hallarme más sorprendido que asustado.

–Por fin te encuentro. He venido desde muy lejos y por fin doy contigo – dice el sujeto y  asoma su benévola sonrisa de dientes azules metálicos.

–Perdona, ¿nos conocemos? – pregunto.

–Sí, de alguna forma. Yo soy el hijo de aquel padre que en aquella estrella lejana se quedaban viendo por la ventana hacia este planeta y se preguntaban si habría aquí un padre y un hijo que estuvieran leyendo y de pronto interrumpieran la lectura para preguntarse si en aquella estrella lejana de allá, que no era otra que la Tierra, habría quizás un padre y un hijo que estuvieran haciendo exactamente lo mismo que ellos.

–Dios mío, esto tiene que ser una broma.

–No, no lo es. Se trata de algo muy serio. Mi padre está muy anciano y antes de morir me ha pedido que cumpla con su última voluntad, que además asegura es la misma de tu propio padre: que vengas a conocernos para que así puedas contar por fin nuestras historias de nuestros mundos. Te hemos estado esperando por mucho tiempo pero tú nada que te sientas a escribir.

Bajo del auto emocionado como si tuviera otra vez ocho años. Subo a la nave y despegamos. Me despido con un gesto de mano de la Tierra, ahora tan lejana, vista desde el espacio. Esta noche estaré escribiendo, por fin, el primero de los relatos de la otra estrella.

miércoles, 12 de setiembre de 2012

Un libro escrito en ADN



Ayer tuve el gusto de escuchar, durante la sesión inaugural del simposio: El libro electrónico en español, las palabras del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince. El colombiano, provisto de una modestia y una gracia que en lo personal no me parecieron en lo absoluto impostadas, abrió la conferencia confesando que estaba seguro de que se trataba de un error que lo hubieran llamado a él, precisamente a él, para dar las palabras de apertura del evento. A él que no tenía iPad ni Kindle ni cuenta en Facebook, él que era un hombre de otro tiempo, un tipo que –orgullosamente– venía del mundo de libro impreso en tinta sobre papel. Eso: un error o acaso un experimento (veamos cómo reacciona un sujeto canoso del pasado en un evento dedicado a la lectura, la escritura y la edición en los tiempos digitales).

Sin embargo, el colombiano sí que tenía algo por decir, algunas ideas muy bien pensadas y mejor estructuradas que no hablaban exactamente de las virtudes promisorias de los nuevos formatos tecnológicos para la lectura y la escritura. Y como la percepción –ya lo sabemos– es selectiva, yo me quedé con dos de esas ideas; un par de reflexiones fascinantes y perturbadoras que me gustaría compartir.

La primera bien se podría resumir en la siguiente premisa: Los libros electrónicos, hasta ahora, suelen padecer de un complejo de mezquindad. Una mezquindad que juega a dos bandas. Imitan al libro convencional pero desde un nuevo soporte tecnológico, se leen de una manera muy similar a como leemos un libro de papel pero ahora en pantalla y deslizando nuestros dedos sobre sus páginas para pasar de una a la otra. Y también, en consecuencia, son mezquinos con las capacidades y potencialidades de los nuevos adminículos electrónicos, pues esos libros digitales deberían ser mucho más que libros tradicionales atrapados en un cuerpo signado por el nuevo formato tecnológico.

La segunda reflexión, que se deriva de la primera, abordaría esos casos en los que el libro electrónico decide entonces parecerse más a una aplicación, a una herramienta interactiva donde no sólo se leen palabras sino que también escuchamos música, vemos videos, saltamos de un vínculo a otro –de muy diversas naturalezas–, nos salimos de la lectura y caemos en un mundo-juego donde físicamente nos desplazamos (“ahora leo tanto con las manos como con los ojos, necesito un ratón, o tocar o agitar el dispositivo para que ocurra la lectura” en palabras de Héctor Abad Faciolince). La pregunta es si a eso nuevo que se lee con las manos y haciendo uso de acciones físicas le aplica el término libro, e independientemente del adjetivo electrónico. Incluso, el escritor colombiano también cuestionaba que a esos nuevos actos de interacción se les pudiera circunscribir dentro del concepto de lectura; pues no sería ya una lectura como la que ofrece una gran novela en tinta y papel, en la que nos adentramos para atrincherarnos, para fugarnos del mundo, para viajar hacia el interior de eso que nos ofrece el libro mientras nos refugiamos en nuestra propia intimidad. Esta nueva lectura nos exigiría otro comportamiento como “lectores”, algo que se asemeja más a surfear por la red o a transitar a flote por la nube. La de ahora sería una “lectura” fragmentada y dispersa, como quien trabaja al mismo tiempo que redacta una entrada en su blog, actualiza el perfil del Facebook, comprime una idea en un tuit de 140 caracteres, revisa sus correos electrónicos, pone a reproducir un video en Youtube y cuelga o descarga una imagen en un portal.

¿Se le puede llamar a eso nuevo libro electrónico? Probablemente no, afirma el colombiano. Quizás sea hora de buscar un término más adecuado para esa otra cosa que se escribe distinto, se lee distinto y amerita un nuevo nombre que no tenga que ver ni con el libro ni con lo electrónico.

Tal vez, siguiendo las ideas de Héctor Abad Faciolince, el libro del futuro se parezca más a un curioso experimento que ahora mismo están llevando a cabo dos genetistas de la Universidad de Harvard, Massachusetts, los doctores George Church y Sriram Kosuri, quienes se han dado a la tarea de escribir un libro codificado en una molécula de ADN y a partir de la permutación de sus componentes: A (Adenina), C (Citocina), G (Guanina) y T (Timina). El ADN, vale la pena indicar, tiene una capacidad de almacenamiento de información que se calcula en exabytes (trillones de bytes). Un solo gramo de ADN puede empaquetar 455 exabytes, lo que significa que tiene una capacidad de almacenamiento que supera  en un millón de veces a los discos duros actuales. El futuro de la informática –ya lo habían advertido desde la ficción los cultores del cyberpunk– radica, pues, en la biología. Y, por si fuera poco, el ADN no se corrompe, por eso podemos sintetizarlo y reactivarlo a partir de un Mamut congelado. Lo que escribamos en ADN será conservado en óptimas condiciones dentro de cientos de miles de años.

Varias opciones barajaron Church y Kosuri para decidir cuál libro sería el primero en escribir en las bases de A, C, G y T. Casi se decantan por Historia de dos ciudades de Dickens, pero al final optaron por convertir al formato literario-orgánico las 54.000 palabras que componen el boceto del libro Regénesis: “Cómo la bilogía sintética va a reinventar la naturaleza y a nosotros mismos” cuya autoría corresponde al mismo Dr. George Church. Para el momento en que se escriben estas líneas, ya cuentan con el material orgánico debidamente sintetizado, ya está la obra transcrita al código binario de ceros y unos que puede leer cualquier computadora, ya está terminada también la codificación de la obra en el nuevo lenguaje del ADN, ahora sólo falta ordenar las “letras”, armar debidamente las ristras para que las palabras ocupen el orden que les corresponde en la cadena del ADN, exactamente igual a como ocurre en cualquier texto pero esta vez ensambladas armoniosamente en un cuerpo orgánico. La literatura convertida en cuerpo, la letra que respira.

En el caso de que el experimento de los científicos de Harvard sea exitoso –y además cuenten con el presupuesto para continuar con la investigación, cosa que la crisis mundial pone en duda– no sería descabellado aventurar que en el futuro habrá obras que literalmente se muevan y hablen por sí mismas. Obras fugadas de la prisión (sea de papel o electrónica) de los libros y físicamente corporeizadas en este mundo. El Quijote cambiará a su amada Dulcinea por la más seductora Madame Bovary (y volverá a perder la cabeza pero por otras razones, porque seguramente ella va a estar buenísima y será objeto de deseo de otros libros y de otros lectores). Los japoneses seguramente lanzarán a la calle a las criaturas de Kawabata y Murakami, los italianos a las de Calvino y Baricco, lo rusos a las de Tolstoi, los argentinos al bestiario entero de Borges, los mexicanos darán vida literalmente los poemas de Octavio Paz. Claro, el mundo se superpoblará entonces de ellos y nosotros, compartiremos el mismo espacio físico y ya no podremos –sería un crimen ahora más que nunca– dejarlos guardados en bibliotecas o discos duros. Ni siquiera en tubos de ensayo, matraces ni en cápsulas de Petri.

Wittgenstein aseguraba que no somos otra cosa que monstruos de palabras (sí, utilizaba el término monstruos). Y también decía que los seres humanos, al final, somos el relato que ha cristalizado en la memoria (sí, con esa metáfora química de la cristalización). De alguna manera, bajo esa luz, nada cambia realmente: la literatura orgánica escrita e inscrita en el ADN tiene miles de años entre nosotros. Siempre ha estado allí. Somos todos personajes de una novela orgánica que escribimos constantemente. Más allá de que a veces nos dejemos narrar en tercera persona.

jueves, 6 de setiembre de 2012

Y mientras tanto, en Marte...




El mundo sigue su curso imperturbable, otro giro más, como si nada. Ya se encargará más tarde de sacudirse (sacudirnos) como un perro que se rasca las pulgas del cuello.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity sigue tomando y enviando fotos de Coro.

Una refinería estalla en Venezuela. No se responsabilice a nadie ni se averigüe nada, esas cosas pasan y la voz oficial indica que (como dijo el filósofo ¿?) “la función debe continuar”.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity hace una toma panorámica de 360º que le está quedando perfecta hasta que en el grado 359 se le atraviesa en el plano un chivo.

Catorce cabezas –siete de ellas de mujeres- son encontradas en una nevera con mucho hielo al norte de México. Mañana, estemos seguros, será la revancha del cártel rival y entonces serán diez los cuerpos (cuatro de mujeres) que amanezcan colgando de un puente.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity escoge una piedra, una que se le antoja especial entre el millón de piedras marcianas, y se la guarda en un compartimiento secreto: esta es de recuerdo, para mí.

Otro tirano cae derrocado en una república africana y el que se encarama en el poder –apoyado por la comunidad internacional y bien armado por los mismos de siempre- resulta ser un genocida aún peor. 
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity recita un poema nocturno que se le acaba de ocurrir: “He visto cosas que ustedes los humanos no creerían… y todo eso se va a perder como lágrimas en la lluvia”.

Ochenta venezolanos son acribillados desde el aire por garimpeiros en el Amazonas (tampoco pregunte, deje la necedad: no se sabe, no contestan, además esa vaina queda muy lejos).
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity mira a la Tierra, allá perdida contra el horizonte marciano, y piensa: Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”… pero no los escribo porque tengo miedo a que en la NASA se enteren y me desconecten por cursi.

Irán y Corea del Norte hacen otro ejercicio con sus armas nucleares desarrolladas exclusivamente -quién lo duda- con fines pacíficos y benéficos. Al tiempo que los talibanes ejecutan a otra mujer, una más, sin derecho a voz ni defensa, bajo cargos de adulterio.
Y en este preciso instante, en Marte… Curiosity apaga su cámara, deja de transmitir, se mete sus brazos mecánicos en sus bolsillos mecánicos y patea una latica en el fondo de un callejón de una ciudad marciana desierta.

Putin mete presas a otras rockeras y a más activistas ecológicos, y escoge a dedo al próximo títere que pondrá en su lugar para el período que viene al tiempo que las mafias, encabezadas por él mismo, se apoderan de la nueva Rusia.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity emite una vez más una canción de los Beatles y luego otra del cantante Black Eyed Peas (o algo así) para que las escuchen allá en la Tierra. Y piensa mientras suenan: algún día me voy hartar del gusto musical de los ingenieros de la NASA, me voy a apoderar de la emisora y voy a poner mi propia música.

En un país latinoamericano la gente decente se prepara para las elecciones y los tiranos se preparan para hacer el fraude.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity se topa con un monolito oscuro que está siendo rodeado y venerado por un grupo de simios. Uno de ellos toma un hueso y lo lanza al aire, Curiosity sigue el desplazamiento  del hueso con su cámara en slow motion. Interrumpe la grabación, decide borrar el material y no lo transmite: “esta gente no está preparada para entender esto”.

Estalla otra guerra, una vez más y como siempre, en el Medio Oriente. Al tiempo que se rumora de este lado del planeta que ahora sí que se murió Fidel.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity se encuentra a tres hombres compartiendo un café alrededor de una mesa: Ray Bradbury, Moebius y Neil Armstrong. “Estamos trabajando en una novela gráfica, el proyecto más ambicioso de nuestras vidas. Moebius hace las ilustraciones, Armstrong es el protagonista y yo hago el guión… si llegas a mencionar algo te juro que no te incluiremos en ella”; le advierte el más gordito de los tres.

Hay crisis y más crisis, crisis en los países que siempre hemos estado en crisis y crisis en los países que no saben (o ya no se acuerdan) lo que es vivir en crisis. Y ni hablar de las crisis internas de cada quien.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity se seca el aceite de la frente, da por culminada otra jornada que ha resultado tan extenuante como estéril, lanza al aire un helicóptero-cámara para que tome una foto cenital desde la altura. Al mirar la foto aérea se da cuenta de que en todo este tiempo no ha hecho otra cosa que dibujar su propia imagen sobre la arena marciana.