miércoles, 12 de septiembre de 2012

Un libro escrito en ADN



Ayer tuve el gusto de escuchar, durante la sesión inaugural del simposio: El libro electrónico en español, las palabras del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince. El colombiano, provisto de una modestia y una gracia que en lo personal no me parecieron en lo absoluto impostadas, abrió la conferencia confesando que estaba seguro de que se trataba de un error que lo hubieran llamado a él, precisamente a él, para dar las palabras de apertura del evento. A él que no tenía iPad ni Kindle ni cuenta en Facebook, él que era un hombre de otro tiempo, un tipo que –orgullosamente– venía del mundo de libro impreso en tinta sobre papel. Eso: un error o acaso un experimento (veamos cómo reacciona un sujeto canoso del pasado en un evento dedicado a la lectura, la escritura y la edición en los tiempos digitales).

Sin embargo, el colombiano sí que tenía algo por decir, algunas ideas muy bien pensadas y mejor estructuradas que no hablaban exactamente de las virtudes promisorias de los nuevos formatos tecnológicos para la lectura y la escritura. Y como la percepción –ya lo sabemos– es selectiva, yo me quedé con dos de esas ideas; un par de reflexiones fascinantes y perturbadoras que me gustaría compartir.

La primera bien se podría resumir en la siguiente premisa: Los libros electrónicos, hasta ahora, suelen padecer de un complejo de mezquindad. Una mezquindad que juega a dos bandas. Imitan al libro convencional pero desde un nuevo soporte tecnológico, se leen de una manera muy similar a como leemos un libro de papel pero ahora en pantalla y deslizando nuestros dedos sobre sus páginas para pasar de una a la otra. Y también, en consecuencia, son mezquinos con las capacidades y potencialidades de los nuevos adminículos electrónicos, pues esos libros digitales deberían ser mucho más que libros tradicionales atrapados en un cuerpo signado por el nuevo formato tecnológico.

La segunda reflexión, que se deriva de la primera, abordaría esos casos en los que el libro electrónico decide entonces parecerse más a una aplicación, a una herramienta interactiva donde no sólo se leen palabras sino que también escuchamos música, vemos videos, saltamos de un vínculo a otro –de muy diversas naturalezas–, nos salimos de la lectura y caemos en un mundo-juego donde físicamente nos desplazamos (“ahora leo tanto con las manos como con los ojos, necesito un ratón, o tocar o agitar el dispositivo para que ocurra la lectura” en palabras de Héctor Abad Faciolince). La pregunta es si a eso nuevo que se lee con las manos y haciendo uso de acciones físicas le aplica el término libro, e independientemente del adjetivo electrónico. Incluso, el escritor colombiano también cuestionaba que a esos nuevos actos de interacción se les pudiera circunscribir dentro del concepto de lectura; pues no sería ya una lectura como la que ofrece una gran novela en tinta y papel, en la que nos adentramos para atrincherarnos, para fugarnos del mundo, para viajar hacia el interior de eso que nos ofrece el libro mientras nos refugiamos en nuestra propia intimidad. Esta nueva lectura nos exigiría otro comportamiento como “lectores”, algo que se asemeja más a surfear por la red o a transitar a flote por la nube. La de ahora sería una “lectura” fragmentada y dispersa, como quien trabaja al mismo tiempo que redacta una entrada en su blog, actualiza el perfil del Facebook, comprime una idea en un tuit de 140 caracteres, revisa sus correos electrónicos, pone a reproducir un video en Youtube y cuelga o descarga una imagen en un portal.

¿Se le puede llamar a eso nuevo libro electrónico? Probablemente no, afirma el colombiano. Quizás sea hora de buscar un término más adecuado para esa otra cosa que se escribe distinto, se lee distinto y amerita un nuevo nombre que no tenga que ver ni con el libro ni con lo electrónico.

Tal vez, siguiendo las ideas de Héctor Abad Faciolince, el libro del futuro se parezca más a un curioso experimento que ahora mismo están llevando a cabo dos genetistas de la Universidad de Harvard, Massachusetts, los doctores George Church y Sriram Kosuri, quienes se han dado a la tarea de escribir un libro codificado en una molécula de ADN y a partir de la permutación de sus componentes: A (Adenina), C (Citocina), G (Guanina) y T (Timina). El ADN, vale la pena indicar, tiene una capacidad de almacenamiento de información que se calcula en exabytes (trillones de bytes). Un solo gramo de ADN puede empaquetar 455 exabytes, lo que significa que tiene una capacidad de almacenamiento que supera  en un millón de veces a los discos duros actuales. El futuro de la informática –ya lo habían advertido desde la ficción los cultores del cyberpunk– radica, pues, en la biología. Y, por si fuera poco, el ADN no se corrompe, por eso podemos sintetizarlo y reactivarlo a partir de un Mamut congelado. Lo que escribamos en ADN será conservado en óptimas condiciones dentro de cientos de miles de años.

Varias opciones barajaron Church y Kosuri para decidir cuál libro sería el primero en escribir en las bases de A, C, G y T. Casi se decantan por Historia de dos ciudades de Dickens, pero al final optaron por convertir al formato literario-orgánico las 54.000 palabras que componen el boceto del libro Regénesis: “Cómo la bilogía sintética va a reinventar la naturaleza y a nosotros mismos” cuya autoría corresponde al mismo Dr. George Church. Para el momento en que se escriben estas líneas, ya cuentan con el material orgánico debidamente sintetizado, ya está la obra transcrita al código binario de ceros y unos que puede leer cualquier computadora, ya está terminada también la codificación de la obra en el nuevo lenguaje del ADN, ahora sólo falta ordenar las “letras”, armar debidamente las ristras para que las palabras ocupen el orden que les corresponde en la cadena del ADN, exactamente igual a como ocurre en cualquier texto pero esta vez ensambladas armoniosamente en un cuerpo orgánico. La literatura convertida en cuerpo, la letra que respira.

En el caso de que el experimento de los científicos de Harvard sea exitoso –y además cuenten con el presupuesto para continuar con la investigación, cosa que la crisis mundial pone en duda– no sería descabellado aventurar que en el futuro habrá obras que literalmente se muevan y hablen por sí mismas. Obras fugadas de la prisión (sea de papel o electrónica) de los libros y físicamente corporeizadas en este mundo. El Quijote cambiará a su amada Dulcinea por la más seductora Madame Bovary (y volverá a perder la cabeza pero por otras razones, porque seguramente ella va a estar buenísima y será objeto de deseo de otros libros y de otros lectores). Los japoneses seguramente lanzarán a la calle a las criaturas de Kawabata y Murakami, los italianos a las de Calvino y Baricco, lo rusos a las de Tolstoi, los argentinos al bestiario entero de Borges, los mexicanos darán vida literalmente los poemas de Octavio Paz. Claro, el mundo se superpoblará entonces de ellos y nosotros, compartiremos el mismo espacio físico y ya no podremos –sería un crimen ahora más que nunca– dejarlos guardados en bibliotecas o discos duros. Ni siquiera en tubos de ensayo, matraces ni en cápsulas de Petri.

Wittgenstein aseguraba que no somos otra cosa que monstruos de palabras (sí, utilizaba el término monstruos). Y también decía que los seres humanos, al final, somos el relato que ha cristalizado en la memoria (sí, con esa metáfora química de la cristalización). De alguna manera, bajo esa luz, nada cambia realmente: la literatura orgánica escrita e inscrita en el ADN tiene miles de años entre nosotros. Siempre ha estado allí. Somos todos personajes de una novela orgánica que escribimos constantemente. Más allá de que a veces nos dejemos narrar en tercera persona.

6 comentarios:

Javier Prats dijo...

Santo batido genético-literario! Cuando lleven a ese formato el Frankenstein de Shelley, habrán rizado hasta el no va más de lo metadiscursivo, el rabito de cochino del ADN. Salud Jose, siempre un gustazo leerte.

Anónimo dijo...

¡Libros y ADN!,¡ Literatura y genética!, me vino a la mente tu propia descripción en este blog: "Acerca de mi", hijo de bióloga y escritor....
Muy interesante y densa tu reflexión.Augusto Herrera.

Anónimo dijo...

Atrapada en la lectura. Tenía rato que no me pasaba. Chapeau, Urriola.

Jose Urriola dijo...

Gracias, mis estimados Javier, Augusto y Anónimo. Gracias por leer y comentar. Un placer que lo hayan disfrutado. Un abrazo grande

Melisa Barquera dijo...

¡Qué buen cuento!^^ Bueno... noticia-entrada..Vaya no puedo imaginar que no haya libros de papel, es muy loco de seguro hubo gente que no se imaginó libros de papel o libros como sean, me alegra que el mundo no sea pequeño y el tiempo tampoco aunque asuste.

Jose Urriola dijo...

Melisa,
Qué placer tenerte por aquí. Ciertamente el panorama es fascinante pero da vértigo. Como dice Javier: imagina si Frankenstein se sale del libro y lo vemos de este lado de la existencia. Al final el futuro siempre llega de una manera que ni habríamos sospechado, a veces es fugaz y otras llega para quedarse.
Un abrazo