jueves, 21 de febrero de 2013

La conciencia de Claude Eatherly


Fragmento de Grandes Personajes de la Humanidad a su pesar: Claude R. Eatherly 
de Miguel Brieva.


¿Quién se acuerda de Claude Eatherly, “La consciencia de América”? Yo debo confesar que no sabía de él, o sí que sabía, pero el cuento me había llegado con ruido de juego del telefonito. Supe de él a los 9 años mientras le chutaba unos tiros libres a Manuel Antonio Gómez Castañeda, arquero y buen amigo de la infancia a quien debo, entre otras cosas, el descubrimiento de la inexistencia del Niño Jesús (al menos el que trae los regalos en la noche de navidad: “esos son tus papás, bobo, ¿cómo vas a creer que el tipo va a bajar del cielo a traerte regalos?”, eso dijo). Mientras le cobraba un tiro libre y ensayaba el chanfle que pocas veces me salió, Manuel Antonio -enmarcado desde una portería improvisada entre dos matas de plátano- me habló de un piloto que había lanzado la bomba atómica y se había vuelto loco del arrepentimiento. “Ese piloto acabó en un manicomio, pasó de ser un héroe a un loco”.

Muchos años después me puse a investigar sobre Paul Tibbets, el piloto del Enola Gay (avión nombrado así en honor a su propia madre), quien fuera responsable de lanzar la bomba atómica Little Boy sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Y entonces concluí que Manuel mentía, que Paul Tibbets acabó siendo considerado un héroe (cosa que se creyó) y se retiraría siendo general de brigada y en su santa vida se arrepintió de haberle provocado la muerte directa a unas cien mil personas. Él había cumplido con su deber y si se le diera una segunda oportunidad la volvería a aprovechar, eso declaró decena de veces. Y punto.

Pero la vida hace unas jugadas muy extrañas justo en los momentos más insospechados y anoche me encontraba leyendo un libraco prodigioso que me regaló mi esposa hace pocos meses: Memorias de la tierra del escritor e ilustrador andaluz Miguel Brieva, donde se compilan sus obras como viñetista gráfico; y allí me enteré de la existencia de un tal Claude Eatherly a quien Brieva le dedica un apartado. Y, perdonen la expresión pero es la única que aplica: “el coño de la madre”, me di cuenta de que Manuel Antonio Gómez Castañeda tenía razón aquella tarde de chutes, postes de plátano y charlas de pilotos y bombas atómicas. Sí que había un piloto que había pasado de héroe de multitudes a loquito de manicomio.

El asunto es más o menos así: Claude Robert Eatherly era el piloto del Straight Flush, un avión de reconocimiento que sobrevoló Hiroshima apenas una hora antes de que el Enola Gay entrara en escena para lanzar la bomba atómica. A Eatherly le tocó decir: “el blanco es perfecto, no hay problemas, todo despejado, nadie aquí se lo espera, vente Tibbets con tu Little Boy a borrar a esta ciudad con sus japoneses del mapa”. El resto de la historia ya la conocemos y hemos visto a Tibbets saludando desde la cabina del Enola Gay y lo hemos visto condecorado y mucho se ha dicho y se ha escrito de él; pero de Eatherly no sabemos casi nada.

Resulta que Claude Eatherly regresó a los Estados Unidos y participó en la ceremonia de condecoración como héroe de guerra. Sí, es verdad, un paso más atrás, es el tipo nervioso y que mira al suelo, el que está siempre oculto tras los hombros del gran Paul Tibbets, es ése al que se le nota que preferiría no estar allí y, sobre todo, preferiría no haber participado de semejante genocidio atómico.  A los pocos meses Eatherly intentó devolver su medalla, no la quería, no le veía nada de loable a lo que había hecho, muy al contrario, empezó a reunirse con grupos pacifistas y con activistas contrarios al uso de las armas atómicas, empezó también a hablar de culpas, de arrepentimientos e incluso a donar sus cheques de veterano de guerra a fundaciones para familiares de las víctimas de Hiroshima. Mandaba esos dólares acompañados de cartas cargadas de desgarro y arrepentimiento que recibían en Japón.

Por si fuera poco, Earhly empezó a tomarle gusto a irrumpir en despachos públicos, oficinas de correo y bancos de Luisiana y Texas portando una pistola de juguete. Simulaba un asalto, le metía un susto tremendo a todos los presentes y luego se dejaba llevar por las autoridades: “por favor, guarden la calma, es tan solo un veterano de guerra que sufre de esquizofrenia y ansiedad. No pasa de ser un loquito con un arma de juguete”. Pero al gobierno de los Estados Unidos se le encendieron las alarmas. No les causaba ninguna gracia que un héroe de la Segunda Guerra Mundial estuviera por allí haciendo estos actos simbólicos y hablando de arrepentimientos sobre un asunto que tenía que ser considerado por toda la sociedad como un acto heroico incuestionable y necesario para la paz mundial. El héroe se les había salido de control y estaba nadando a contracorriente, había que detenerlo de inmediato.

Le hicieron entonces a Eatherly un juicio express, lo diagnosticaron fugazmente de desorden de ansiedad, de esquizofrenia, de síndrome postraumático y lo sentenciaron a reclusión en un centro psiquiátrico. Desde allí Claude Eatherly, el héroe que había parado en loquito de carretera, inició un fenomenal intercambio de cartas con el filósofo vienés Günther Anders, uno de los pensadores pacifistas de mayor resonancia en la lucha por el desarme nuclear. Anders llegó inclusive a escribirle al presidente Kennedy para tratar el tema de Eatherly a quien bautizó como “La conciencia de América”, pero sus cartas fueron olímpicamente ignoradas. Con el tiempo la figura de Eatherly fue sistemáticamente silenciada, aislada, minimizada. Hoy día son pocos los que se acuerdan de él. Miguel Brieva desde su mordaz humorismo político convertido en viñetas es uno de ellos.

Y es inevitable pensar, después de este cuentote digno de guion de película independiente, en lo escasos que se han vuelto hoy día estos héroes como Claude Robert Eatherly. Alguien que sea capaz de salirse del sistema, de renunciar a su heroicidad para hacer un acto de conciencia, de escurrirse voluntariamente de la Historia por la puerta de atrás para decir: qué va, esto no está nada bien, vamos a dejar de construir épicas a partir de tragedias y mamarrachadas. En fin, alguien que se salga del caudal por el que desaforadamente va despeñado el colectivo para intentar que se detenga, se devuelva o reconsidere el curso.

Cómo agradecería en lo personal ese gesto simbólico de alguien que saliera a pegarnos un susto con su pistolita de juguete y que con su locura nos hiciera conscientes, de una vez por todas, de la locura colectiva en la que estamos montados.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Digna de lástima, la historia del pobre Ealherly, pero con el final reflexivo como de costumbre, muy al estilo Urriola,
Augusto Herrera

María Antonieta Arnal Parada dijo...

Lamentablemente, necesitamos pasar por una tragedia para cambiar. Pero todas las malas noticias que pasan en los medios de comunicación social nos deberían hacer reflexionar y cambiar, pero no sucede así porque los medios vuelven todo un espectáculo.