miércoles, 3 de julio de 2013

Instantáneas caraqueñas


-Jodidos pero contentos es quizá la frase que mejor resuma la idiosincrasia y el modus vivendi de los caraqueños. Siempre fue una paradoja más feliz que lastimera, siempre estuvo allí presente y fue profundamente significativa, pero hoy día parece haberse consolidado y consumado como la concreción en la realidad de una programación neurolingüística a la que nos sometimos durante décadas. Finalmente lo logramos, estamos redomadamente jodidos pero nos las ingeniamos para estar lo más contentos que se pueda.

-Pareciera que la ciudad y sus habitantes se han tranzado irremediablemente por una estrategia de supervivencia que está signada por una normalidad anormal. La esfera íntima procura estar “bien” mientras el mundo de la esfera pública se desmorona a trocitos allá afuera. La vida sigue aunque las cosas cuestan el triple (cuando se consiguen). La escasez no es cuento, tampoco la peladera, mucho menos la delincuencia desatada y el vértigo por la amenaza del “vamos mal y estaremos peor” es omnipresente; y sin embargo, la gente se casa, los niños se bautizan, los acontecimientos sociales merecen su fiestecita aunque cueste mucho, y esta noche hay un evento no sé dónde y el fin de semana largo nos vamos pa’ la playa, y todos aquí tenemos un contacto que nos avisa dónde se consigue el papel toilette o la harina pan y ahí vamos echándole bolas porque tú sabes cómo es la vaina y pa’ lante es pa’ llá.

-Las cosas cambian, está pasando de todo y al mismo tiempo no termina de pasar nada. La vida es una corredera, un frenesí desquiciado que no lleva a ningún lado. Pero es lo que hay y así hay que entromparlo.

-La gente tiene dos trabajos o tres. A veces cinco. O diez. Los que se desloman trabajando logran sobrevivir a duras penas mientras que los que no trabajan nada pero están bien conectados (tienen contactos, están enchufados) viven escandalosamente bien. Esos impresentables se la están pasando obscenamente pipa.

-La familia y los amigos siguen siendo los mismos interlocutores brillantes, generosos, lúcidos y divertidos de siempre. He sentido en ellos incertidumbre, he notado la sombra del desencanto o la indignación, pero amargura –lo puedo jurar- jamás. En ningún momento. Hay una suerte de energía vital y de humor batallador que sigue siendo en ellos indoblegable y todavía más fuerte que ese desastre del “todo lo demás”.

-Han surgido en pocos años nuevas tribus urbanas. El impacto del manga japonés se evidencia en algunos jóvenes que se diseñan sus propias ropas, se maquillan y se cortan el pelo entre ellos mismos para parecerse a sus personajes predilectos del cómic y el anime japonés. Y en Centro Plaza descubrí ayer un extraño híbrido al que sólo puedo denominar como estilo hip-hop-gay. Incluso, hay un conjunto de peluquerías especializadas en cultivar ese look urbano de barrios negros gringos pero tropicalizado y con toques de glamur afectado.

-Prácticamente todos los lugares que ya no existen han sido sustituidos por los adefesios de la Misión Vivienda, por los edificios públicos forrados de propaganda que hace honor a las estéticas cubana o norcoreana y por restaurantes de Sushi. En Caracas hoy hay más Sushi Bars que areperas. Y además están atestados de clientes que se gasta un dineral en arroz blanco y pescado crudo regados en salsa de soya.

-A veces da la impresión de que en esta ciudad hay más funcionarios que gente.

-El Ávila está radiante. Montaña hermosa, voluptuosa, bella como siempre y como nunca a la vez; empeñada en hacer gala de su gama infinita de verdes que van mutando a lo largo del día. El Ávila que es como una diosa acostada de medio lado. Nuestra maja vestida pero de vegetación. El Ávila que es Caracas y al mismo tiempo es algo tan grande, tan elevado y glorioso que no se merece semejante desmadre a sus pies.


-Caracas, como suele ocurrir con las mujeres guapas y peligrosas, tiene buen lejos. Un lejos inmejorable. Debe ser de las ciudades más hermosas del universo vista a la distancia. Tener buen lejos –con todo lo sublime y lo atroz que encierra la expresión- no sé si sea algo bueno o malo. Pero qué buen lejos que tiene Caracas y qué dura cuando uno se adentra en ella para sentirla de cerca.

4 comentarios:

María Antonieta Arnal Parada dijo...

Muy buena crónica de la Caracas actual.

Anónimo dijo...

Excelente diagnóstico de la situación caraqueña y de toda Venezuela, agregaria , soy del grupo de familiares que se alegran tanto del retorno de su gente , los disfrutamos por raticos pero con el temor y miedo de lo que corren al llegar a la tierra que sólo suele ser dominada por delincuentes.

Nando Calderón dijo...

Me gustó mucho.

Pero creo que Caracas más bien sería un "Coño-Nojoda"... ;)

Jajajaja!

Saludos!

Ana dijo...

Poniéndome al día con el blog. La relación bipolar de Caracas con sus habitantes ya debería estar definida en forma de síndrome, como el de Estocolmo, pero 300 veces más jodido... y contento.