
Me declaro amigo de zamuros. De esos tipos alados y negros de cabeza gris que siempre andan por allí y uno ni los siente. La gente me suele ver mal -o con franca tristeza- cuando lo digo en voz alta. Se supone que a alguien en sus cabales no le puede gustar un zamuro. Son demasiado feos, demasiado anodinos, hay demasiados en general. Pero a mí me gustan esos buitres pequeños, me gusta verlos planear, se me han hecho parte fundamental del paisaje. No me gustan los cielos sin zamuros, les falta algo. Creo que gracia, incluso diría que vida.
Sé, porque mi padre me lo dijo siendo niño, que a los zamuros se les conoce como Zopilotes en México, como Gallinazos en Argentina y como Urubúes en Brasil. Ningún nombre me gusta más ni me parece tan sabroso o pertinente como Zamuro. Cierta vez bajaron cinco de ellos al jardín trasero de nuestra casa. Algo se había muerto y los buenos carroñeros se estaban agrupando para darse banquete. Papá y yo nos escondimos detrás de un guayabo para verlos de cerca. Y entonces, yo no sé de dónde, al viejo le salió algo que seguro hacía a los siete años en su Guanare natal y me dijo: “Mira esto, chamo”, brincó desde el escondite e hizo el ademán de quien recoge una piedra para lanzársela a los zamuros. Y aunque no había piedra alguna ni mi padre tenía dotes de pitcher, los negritos batieron alas y alzaron vuelo. Fue hermosa la desbandada, pero duró quince segundos. A los treinta ya no había ni un miserable zamuro almorzando en el jardín. Yo me pasé varios días escondido tras el guayabo esperando que los zamuros volvieran pero no regresaron y yo me pasé dos días sin hablarle a papá. Creo que fue mi récord en la materia, porque pasarse seis horas con el viejo al lado sin sucumbir a sus historias prodigiosas era algo que muy pocos lograron superar.
Siempre me ha dado curiosidad saber dónde anidan los zamuros, porque los hay por millares, los ves en basureros, en avenidas, sobrevolando las autopistas, parados en las azoteas o como gigantescos frutos negros charlando en las copas de los árboles. Lo de charlar no es una metáfora, pónganse a ver a dos zamuros juntos y notarán que conversan. Pero no conozco a nadie que haya visto un huevo de zamuro o a un pichón de buitre negro (aunque dicen que los hijos de los zamuros nacen blancos). Quién sabe.
Los zamuros son omnipresentes en esta ciudad. Están siempre allí, mirando todo en silencio desde las alturas. Dicen que alcanzan hasta los tres mil metros de vuelo –algunos han sido considerados personas non gratas porque se meten en las cabinas o en las turbinas de las aviones- o también puede ocurrírseles despeinarte, a escasos cuatro palmos de la cabeza, sin que los sientas venir. Simplemente se te tapa el sol, la vida se te hace más sombreada durante un par de segundos y cuando levantas la mirada ya el tipo aletea quince metros más allá.
Algunos utilizan pepas de zamuro para la suerte, o para hacerse collares que ya envidiaría una cantante de rock gótico, aunque casi nadie sabe de dónde se le saca las pepas al zamuro (y de verdad no me saquen de la duda que prefiero no saber, me mataría de pena enterarme de que es la nuez de Adán de esas pobres criaturas o algo peor). Y se dice, cuando alguien está a colgando de un hilo, a punto de caer, que está en pico de zamuro. Pero nada de eso me llama tanto la atención como ese dicho de “zamuro come bailando”. Porque es cierto, los zamuros comen en grupos y bailan, igual que los venezolanos cuando nos dan un cachito y un cuartico de jugo frente a la barra de una panadería. Bailamos, no sé por qué, pero bailamos mientras hincamos el diente.
Tampoco sé a quién se le habrá ocurrido decretar que el pájaro nacional es un turpial (debe ser al mismo que se le antojó que el árbol nacional fuese un Araguaney cuando mucho más atinado era un Samán, un Apamate, un Cují, una mata de mango o de mamón). No tengo nada en contra de los turpiales, bonitos son (como las misses), pero definitivamente este es un país de zamuros. Y yo me siento uno.
No sé porqué a ningún cineasta venezolano se le ha ocurrido hacer una película sobre la historia contemporánea de este país desde la perspectiva de un zamuro. Colgarles microcáramas del vientre y dejar que ellos -testigos de excepción de los profano y lo divino que se da cita en este desmadre- nos echen el cuento. Seguro que lo cuentan mejor que nosotros. Sería una película de altura, con mucho vuelo.
Ayer miraba llover desde el balcón, esa lluvia a cántaro roto que se precipita aquí y que arruga el alma. Sobre las ramas de un Yagrumo, justo enfrente, se acompañaban dos zamuros. No se veía ningún otro pájaro en kilómetros a la redonda. Ni un solo azulejo, ni un mísero cristofué, nada de tordos, loros, cucaracheros ni palomas. Sólo los dos zamuros campeando el temporal. Como dos compadres enfundados en ponchos negros calándose el palo de agua. Y estoy seguro, lo puedo jurar, que uno miró al otro y le dijo: “¿Y entonces, qué hacemos?”. Y el otro le respondió con la vista clavada al frente y encogiéndose de hombros: “Pues nada, esperar a que escampe”.
Esperar a que escampe, como tantos venezolanos más. A que este torrencial diluvio de inmundicia e idiotez cese de una buena vez.

14 comentarios:
Te luciste y, no precisamente como un zamuro, ja,ja... Me causó nostalgia la historia con tu padre .Impactante final ,Felicitaciones.
Una belleza, Urriola. Vaya manera que tienes de girar las tuercas siempre, de llevarlo a uno por un camino que parece predecible y seguro para luego acabar en un paraje insólito de esos que te roba un poco el aliento.
Al final: la risa, la rabia, la reflexión. En pocas palabras: como zamuros bajo la lluvia.
Me sumo a las palabras de los comentarios que me preceden, José...y esto del baile del cachito...no sé cómo agradecertelo...siempre me haces regresar a estampas y voces olvidadas...cuando te leo siento que nunca me fui...y que ese sigue siendo el sitio feliz de mis recuerdos.
Gracias...es un placer inmenso leerte.
Un abrazo enooooorme!
Yo también me siento así, como un zamuro. Qué increíble, si te animas hacemos esa peli! jeje
Besos
José. Uno de mis favoritos. De verdad. Creo que es uno de los animales menos comprendidos. Será porque igual que el hombre es carroñero y este se empeña en negar lo que realmente es.
A mí los zamuros siempre me han parecido proféticos. Como si conocieran un misterio que uno, como ser humano, está desesperado por descubrir. Quizás es porque están tan cerca de la muerte. Me da miedo verlos. Sentirlos cerca. Siento que me quieren decir algo sobre mi destino que no sé si quiero escuchar. Pero la mayoría de las veces, simplemente pasan.
Letras que vienen siempre en el momento indicado. Mi esposo sabe que no me gusta "mangiare come i zamuros" y en ese idioma sólo nuestro ha aprendido a conocer las guacharacas, las guacamayas, cristofués y demás voladores de mis tierras, convencido que sólo nosotros humanizamos los animales soplándoles carácter como lo hiciste tú en este maravolliso relato.
Mil gracias por todas tus letras.
Que bello mi chamo querido! tienes el poder para que uno se replantee hasta un animal tan horroroso como un zamuro...
Es increíble pero me llevas hasta las lágrimas mientras te veo, junto al viejo, en el jardín de la Boyera. Me repongo para continuar leyendo y me descubro admirándote, una vez más, en cada letra, cada frase. Comparto contigo el balcón con la certeza que a partir de hoy, veré a los zamuros con otros ojos.
Muy bueno, excelente tema, mejor escrito…
Conocí una familia que tenía un zamuro de mascota en libertad, allá en Guayabita, por los lados de Turmero, aunque la domesticidad de nuestro amigo se limitaba a posarse en la “cachucha” del camión volteo unos kilómetros antes de que este señor llegara a casa, todas las tardes, llegaban juntos “como dos compadres”, al estacionar el camión el zamuro bajaba del auto y se posaba en el suelo abriendo las alas y emitiendo un graznear a su compañero de viaje y su compañero le preguntaba sonriente, ¿tienes calor? e inmediatamente tomaba una manguera cercana, abría el grifo y bañaba al zamuro, que aleteaba casi sonriendo, el señor le decía ya está, ya está chico y el ave grazneaba y se podía oír “gracias”, subía al camión donde antes llego y se sacudía el agua, el señor entraba a casa y el zamuro levantaba el vuelo en un planear majestuoso.
Sí, alguien tiene que hacer el trabajo sucio de acabar con la inmundicia…
Mis saludos
AR
José, aprovecho la coincidencia de que, muy cerca del árbol solitario que te gustó, se pueden encontrar pepas de Zamuro: Ese árbol está muy cerca de una casa que tenemos en la playa, específicamente en el Istmo Caribe, entre Boca de Uchire y El Hatillo. Cynthia te puede contar de lugar. Estás cordialmente invitado. (mi email: jose@tapara.com)
Ay.... si, que bellos los zamuros, pero mas bella es la mirada y la manera de expresarlo....... encantador!!
jejejeje
A mi los zamuros me parecen espantosos... pero... reconozco... que es un escrito maravilloso...
José, debimos tener alas más largas!
Jose, me han encantado todo lo que escribes en tu blog (recien descubierto por mi) me he dado de verdad un banquete. Este estuvo especialmente excelente. Esperemos que escampe y pronto. Un abrazo PFerrer
bonito escrito la verdad... buscaba algo sobre los zamuros y encontre este articulo... la verdad tengo ahora mismo una zamura en el jardin de mi apartamento empollando dos huevos... al principio me asusto pero ya le veo carita de madre como cualquier animal... incluso hasta pareja tiene... los consejos han sido que mate los huevos que la desaloje de alli porque traen mala suerte... pero al pasar los dias solo veo en ella y en su pareja quien es bien solidario la cara de un ser humano mas con la necesidad de procrearse en esta selva de cemento que es caracas... no tengo corazon para hacerle nada solo por lo fea que sea... solo podria preocuparme si trae consigo alguna enfermedad... pero mientras no sea asi me espero a que resuelva su ciclo...
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