miércoles, 9 de septiembre de 2009

Arepa (f)Rita


A Cacho lo lleva siempre ella, porque es obediente, está consciente de su fuerza, ha sido entrenado y además es un caballero que algún día, si nos descuidamos, lo encontraremos con mostacho y fumando pipa sobre el sofá mientras escribe sus memorias. Cacho sabe caminar a la distancia prudente, frenarse cuando toca, agilizar el paso cuando se le suelta la cuerda, se sabe sentar, tumbar, dar la pata, ofrecer la barriga para que le rasquen. Hace de todo menos buscar el palito porque eso sí le parece cosa de idiotas.

Cacho es bóxer alemán, con tamaño y carácter de Rottweiller, y como buen alemán tiene un imperativo categórico inserto en el código genético que le marca con pulso firme los límites de lo que se debe o no hacer. Así que puede tener ganas absolutas y descomunales de comerse algo o de liarse a dentellada limpia con cualquier cosa cuadrúpeda o bípeda que se asome por allí, pero si no es lo correcto, si no está dentro de los parámetros de lo que “un buen perro debería hacer” el tipo respira hondo, gruñe hacia dentro y se queda en su sitio hasta que se desvanezca el objeto de la tentación. Cacho es un magnífico perro. Rita, al contrario, no es una buena perra; es una persona.

Rita es como una barloventeña a la que alguna brujería redujo al cuerpo de una bóxer americana. Rita es puro deseo concentrado, como aire caliente en una olla de presión, un terremoto mal atrapado en el cuerpito moreno de una perra. Rita va a la velocidad que le da la gana, o no va a ninguna velocidad si la gana que le da es la de sentarse de culo hasta que le den ganas de hacer otra cosa, acaso de saltar aquel muro de 5 metros coronado por alambre de púas y picos de botella para jugar con cualquier cosa que esté detrás (ya verá luego cómo hacer para devolverse o a quién enamora para que la devuelvan); no se sabe sentar, ni tumbar, ni dar la pata, ni entiende eso de “No hagas eso, Rita” o “Así sí, Rita, muy bien”. Para ella ambas cosas significan más o menos lo mismo y a ambas te responde con la misma lamida de lengua entera que te llega hasta el esófago. Se come lo que le da la gana (y nada jamás le cae mal, excepto las camisas sudadas y llenas de restos de pintura y cemento de algunos albañiles; pero las evacúa en menos de 24 horas y ya está lista para comerse las camisas de una cuadrilla de obreros más).

Así que a la hora de pasear yo llevo a Rita. O Rita me lleva a mí.

Rita va lentísimo cuando tenemos que correr y se lanza a toda mecha barranco abajo cuando lo prudente es parar. Rita es como Beowulf -que tenía la fuerza de 30 hombres-, ella tiene la de 30 perras pero sin tener la menor conciencia de lo duro que pega ni de lo fuerte que muerde ni de lo macizo que es su hocico cuando te saluda tomando impulso de 20 metros, corriendo a 60 Kph y lanzándose de cabeza desde el descanso de la escalera para que tú la atajes más abajo contra el pecho.

Ese día iba Cacho primero y, educadamente, diplomáticamente, con un elegante movimiento de cuello y ligera apertura de las fosas nasale, pasó junto a una arepa tirada en la mitad de la calle. Seguro pensó: “Um, qué delicioso sería comerse esa cosa, pero no es correcto y además seguro me sentaría mal en el estómago”. Rita no se dio cuenta de la existencia de la arepa hasta que estaba cinco metros más allá, entonces algo en el viento le avisaría: “Chama, te acabas de pasar una arepa frita, medio mordida, de esas que tienen un hueco del tamaño de un dedo en el centro”. Y entonces Rita nos arrastró a los cuatro hasta la arepa frita y tuvimos que tirar de la cuerda entre todos para que no se zampara aquella vaina. La regañamos y le dijimos que no, que eso no se comía, que estaba sucio, que ella tenía su comida para perros en casa. Nos miró con cara de: “quiero que sepan que la vida pudiera ser mucho más divertida si se atrevieran a vivirla”.

Dejamos la arepa atrás y estuvimos paseando los cuatro por más de una hora, subimos cerros, cruzamos quebradas, descansamos junto al Samán, atravesamos el sendero de tierra que se abre en medio del bosquecito, vimos un águila, diez de zamuros, varias lagartijas verde radiactivo. Cacho quiso meterle diente a todo pero estoicamente resistió. Rita, curiosamente, siguió su ejemplo.

Cuando veníamos de vuelta le pasamos por un costado a la arepa que seguía frita mordida y con el dedo en su medio allí tirada al sol. Cacho la olisqueó a distancia prudencial y continuó su camino convencido de que una vez más era un buen perro que hacía lo correcto. Rita se le quedó mirando a la arepa con una expresión que cualquiera llamaría de nostalgia. “Muy bien, mi muchacha, cuando lleguemos te voy a dar de premio una galleta” le dije, y me miró con cara de “Merezco dos o tres galletas… es más, deberían darme cuatro, que Cacho me regala la suya”.

Llegamos a casa, guardamos a Cacho y a Rita en su territorio, cerramos la reja que los separa del mundo exterior. Mientras preparábamos el desayuno se nos asomó Cacho por la ventana como queriendo decirnos que algo pasaba. Ladraba con voz aguda, como un niño a punto de lanzarse a llorar. Salí a ver qué era eso tan extraordinario que hacía perder la compostura a Cacho y descubrí que no había nada. Absolutamente nada. Aquel patio estaba desierto. Ni siquiera estaba Rita. Me asomé por la ventana –me imagino que con la misma descompostura y la misma voz de Cacho-: “Rita no está”.

Salimos a buscarla, la llamamos, le silbamos, revisamos cada agujero y cada posible escondite. Nada. Rita, la escapista, no estaba. Volvimos a casa a ver si había vuelto en nuestra ausencia. Tampoco. Y en eso, cuando estábamos a punto de lanzarnos al suelo a llorar los tres, una sombra nos tapó el sol, algo saltó la reja de 3 metros y, con la gracia de un garrochista olímpico, sobrepasó los barrotes con varios centímetros de cómoda altura. Aquello que nos cayó del cielo era Rita. Traía su arepa en el hocico.

Podemos jurar que detrás se le notaba la sonrisa.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

vaya perra más bonita que tenéis!

german dijo...

amo a esos perros suyos y no los conozco, asi d ebueno es el cuento ;)

roxana dijo...

ajajjajaj. Que fino como cuentas esto josé!!RL

Marie Claire Kushfe dijo...

Lágrimas.
A Cacho le debo el amor incondicional, a Rita el maravilloso sabor de la aventura y a ti la gracia de regalarme una versión mejorada de tan entrañable recuerdo.
Gracias.

Anónimo dijo...

Rita y la arepa, ese cuento es muy bueno, veridico de punta a punta.Lo había escuchado de viva voz de sus dueños, pero escrito es encantador también.

Qx dijo...

¡Delicioso cuento! Lo disfruté como un crío, quizá por tener perro y sentir en la narración todas y cada una de las señas, acciones y reacciones que construyen para nosotros el humanizado carácter canino.

María Antonieta Arnal dijo...

¡Muy bueno!

Anónimo dijo...

Que genial!!!!!

Anónimo dijo...

gracias

El Público dijo...

Es raro, esto de quedarse mirando un blog como si fuera un libro.
No sé si alguna vez te pasó, eso de leer un buen libro, bueno no porque sea entretenido solamente, sino porque sabes que ahí hay algo que te gustaría hacer... o, mejor aún, como un niño leyendo un comic de Batman o Superman y queriendo ser uno de ellos, y tomar el mantel de la mesa para colocartelo como capa y tratar de encontrar una pared bajita desde la cual saltar, que en realidad era para ti volar.
Hasta que pusiste los pies en tierra y te diste cuenta de que para llegar a ser alguno de los dos, primero te tocaba crecer, después ver como conseguías los superpoderes, para, al final, decidir como iba a ser el traje y si es que se iba a usar una copia del mismo.
Así me quedé mirando tu blog, con esa mezcla de admiración y envidia que le provocan a uno los libros.


P.D.: por un momento me dieron ganas de decirte: escribes muy bien Cabrón!!!

Blanca dijo...

Jose te la comistes describiendo a Cacho y Rita...me puedo imaginar A Mariecleer reganando a Rita....y despues casi llorando porque no estaba...pero por favor llevense una galletica para el camino pobrecitos...despues de caminar tanto yo tambien me hubiera comido la arepa....

Muchos saludos

Blanca

norell dijo...

Que actitud la de Rita!!!!!
Así es la vida, no puedes dejar que las oportunidades pasen sin aprovecharlas...

Mis perros Aitor y Akira son hermanos, Pitbulls, enormes y juguetones... y con unas historias parecidas a las de Rita y Cacho, sobretodo lo de los obreros... claro que mi narrativa no le llega ni al huequito de la arepa frita...

pero hiciste que recordará lo maravilloso que son...

Que viva la arepa y los perros felices!!!!!!!!