miércoles, 2 de septiembre de 2009

El fantasma en la máquina


Mi padre solía decir que lo primero que hacen los que se quieren es cambiarse el nombre; por eso es que las parejas de recién enamorados suelen inventarse unos apodos espantosos y cursilísimos y privadísimos, o se llaman por el segundo nombre (ese mismo que nadie utiliza ni se sabe jamás), porque de esa manera sienten que se apoderan del otro: tú me perteneces porque te he dado un nombre nuevo con el que nadie más te puede llamar.

Hay gente que le pone nombre también a lo inanimado. Le tiene un nombre al carro, a la casa, al llavero, a la computadora, al teléfono, a la lavadora y la lamparita de la mesa de noche. Yo soy una de esas personas. Establezco relaciones personales con ciertas cosas –contadas y entrañables, sólo con cosas que se saben ganar mi afecto- y las bautizo; no sólo para hacerlas más mías, sino también con el convencimiento infantil de que así nos llevaremos mejor, será una relación más estrecha y duradera y a la hora de la chiquita le van a poner un extra para no dejarme mal parado.

La patología que padezco me la contagió (y potenció) mi hermana, que cuando yo era niño la acompañé solidariamente a hacer una diligencia en su auto –ella estaba empezando a manejar sincrónico y le tenía miedo incluso a llegarse hasta el kiosco de la esquina para comprar el periódico- y cuando veníamos de regreso su Ford Corcel se apagó de mala manera. Nos tuvimos que orillar, intentó encenderlo cien veces y nada, sonaba fatal, algo realmente malo ocurría. Y entonces mi hermana puso ambas manos sobre el volante, cerró los ojos y lanzó una plegaria extrañísima: “Babieca, no me hagas esto. Por favor llévame aunque sea hasta la casa”. Y el pana ha prendido. Nos llevó hasta la puerta de la casa y allí se espichó, se despaturró, cayó con la lengua afuera y la panza pegada al asfalto. Mi hermana, aún temblorosa, se bajó del Corcel, le hizo cariños en la capota como quien le acaricia el cogote a un perro y le dijo: “Gracias, Babieca”.

Esa misma tarde me enteré que Babieca, además de ser el nombre del carro de mi hermana, había sido el caballo del Cid Campeador. Todo se conectaba. Y todo en mi vida, por un minuto, cobró sentido.

Así fue como tuve una Betty que fue carro plateado, a un Xavi llavero guardián de las llaves de casa, tuve también a un Alí (el único celular que ha durado conmigo más de un año sin fugarse ni morir de autocombustión espontánea) y tuve a Jacinta que era laptop.

Esta es la historia de Jacinta.

Jacinta fue una Toshiba modelo Satellite negra con azul oscuro. Una morenaza coqueta, compacta y fiel que me acompañó exactamente durante mil y una noches. Me la dieron una semana antes de irme a vivir a Barcelona. Escribí al menos tres horas diarias durante años en esa máquina: cosas para otros, cosas para mí, cosas para publicar y cosas para quemar. Y escribí allí mi primera y única novela, desde el título hasta el punto y final. De alguna manera, Jacinta fue ese agujero escondido que nos buscamos en el tronco de un árbol o en las rendijas entre las piedras para susurrar dentro aquello que a nadie más nos atrevemos a decir. Pero una vez lo dije todo tenía que corregirlo para mostrarlo. Y entonces decidí que iba a sacar el archivo de la novela, se lo extraería de las entrañas a Jacinta porque mejor me iba a corregirlo en la otra computadora que había en casa. Una grande, rubia, nueva, hecha en Suecia, con conexión a Internet de banda ancha, pantalla de 17 pulgadas, con teclado en español y, lo más importante, con corrector de palabras de ese que te subraya en rojo o en verde cuando algo está mal escrito o suena muy raro (dependiendo, claro está, del nivel de redacción del ingeniero que programó el procesador de palabras).

Durante semanas tuve a Jacinta apagada, condenada al silencio, a la oscuridad y a la distancia, allá en la silla del cuarto, la del rincón, debajo del montón de ropa que me iba quitando. Mientras, yo corregía y reescribía en la sueca y cuando se me cansaba la vista pues me ponía a mirar Internet y me pegaba una dosis de chat.

Hasta que ocurrió la tragedia. Un día, en plena edición, avanzando al trote ligero sobre mi rubia gigantesca ¡PUM!, se murió la catira. Se murió con todo dentro, se le quemó la tarjeta madre, se le borraron los archivos, se chamuscó y chamuscó todas las cosas hermosas y caras que le habíamos metido dentro. Había perdido mi trabajo de meses. Nada de lo que había corregido se había salvado. Lo único que me quedaba de mi novela estaba en el vientre de Jacinta.

Así que volví como un marido arrepentido, con la cabeza gacha y sin saber dónde meter las manos, a buscar a mi negrita criolla a ver si me recibía. La encendí y me estaba esperando en el mismo punto y final donde la había dejado semanas atrás. Volví a comenzar la reescritura desde cero. A revisar de nuevo cada capítulo, cada nombre, cada oración, cada coma, cada punto, cada sangría. No hizo falta que la negra Jacinta me dijera nada, comprendí perfectamente su rabia y su humillación: “Claro, yo me calo todo el embarazo y todo el parto para que al final te lleves a la criatura con tu nueva novia que es más joven y guapa”. Entendí también que la sueca no había muerto de muerte natural. El fantasma de alguien le había ajustado las cuentas al espíritu de alguien. Y que Jacinta estaba absolutamente consciente de lo que había hecho. Consciente y además contenta.

Jacinta murió una semana después de volver al terruño. Un día la fui a encender y no quiso. Su alma se habrá ido, me imagino, a ese sitio donde se van los que saben que su misión está cumplida y que, a pesar de los picos y valles, lo han hecho bastante bien.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

No suelo ponerles nombres, pero , las considero amigas y compañeras; mi computadora es un viejo clon barato y fiel como ninguno, y mi celular no lo cambiaría ni por "aquella raza de Black Berry" ja, ja, como el cuento aquel. Brillante reflexión, como siempre, C. Casano.

Martin dijo...

Qué don que tienes, José Urriola, es como si uno hubiera estado allí. Aunque yo de alguna manera estuve, ;)

María Antonieta Arnal dijo...

Me gusta como escribes, con un toque de buen humor siempre.

]MeGalOmAnIaCk[ dijo...

Excelente, para releerlo y releerlo...

Saludos.

Anónimo dijo...

qué bien encontra aparatitos que nos entiendan, aunque también estos reaccionen como personas.

rocio dijo...

¡Jose! Qué suerte tuviste con Jacinta. Yo a la mía, de la misma especie, la bauticé Tochimba. No me duró ni un año, pero me hizo dar un buen paso en la vida y eso se lo agradeceré siempre: por su causa ahora soy usuaria de Mac.

¡Besos!