
Al otro lado de sus párpados se abre el dichoso túnel oscuro con luz al fondo. Mientras lo transita piensa: este cuento ya me lo sé. Lo recorre entero con paso firme, cada vez más confiado de lo que le aguarda, pero al final del túnel no hay nada de lo que espera; ni ángeles ni coros celestiales ni ancianos barbudos ni viejas mascotas de infancia que le mueven la cola después de tanto. Es una habitación infinitamente blanca sin paredes –o acaso con paredes tan blancas y extensas que no conocen límites entre suelos, techos y muros-.
En medio de aquel espacio en blanco apenas hay una cosa: una computadora encendida.
El hombre trata de volver sobre sus pasos pero al girar la cabeza no hay túnel ni puerta. Después de hastiarse de buscar a tientas una salida y de toparse mil veces con la misma computadora encendida en medio de la nada absoluta, decide asomarse al monitor. Es el buzón de entrada de una dirección de correo electrónico que tiene su nombre. No hay ningún mensaje por leer.
Intenta salir de esa página y navegar a otra, no se puede. Decide escribir un mail, tampoco se puede. La computadora no tiene ningún otro programa instalado, sólo sirve para recibir correos y aún nadie manda ninguno.
Pasan largos días sin sombra ni noche. Días blancos de insomnio y aburrimiento atroz. Nada pasa, nada llega, nada se mueve, nada suena. Apenas el zumbido de una máquina siempre encendida, el tenue ruido blanco de una estática diminuta. Mejor sería apagarla a ver si sin ese ruido se puede al menos dormir, piensa el hombre. Pero no hay interruptor ni cables ni tampoco manera de moverla de lugar. El hombre decide emprenderla a patada limpia contra la computadora, al menos es algo qué hacer. Se da el gusto de triturarla hasta dejarla hecha una madeja de ruinas blancas.
Y no ha terminado de recuperar el aliento cuando ya la computadora se ha curado, como una de esas lagartijas que pierden la cola y regeneran otra idéntica. Eso mismo pero a toda velocidad. Cada abolladura vuelve a su posición original, cada fragmento partido regresa a su sitio y se fusiona con el todo sin dejar marca. La máquina vuelve a zumbar, se enciende en la eterna página de inicio del buzón de entrada.
Pero esta vez hay un mensaje sin leer.
Emocionado, seguro de que allí se encuentra un mensaje crucial para él, una pista para salir de ese infierno luminoso, el hombre se apresura a leer el correo. La decepción es más grande que su furia. No es más que un miserable mail perdido, una carta escrita por un remitente al que no conoce y dirigida a un destinatario que es otro. Llega otro mail, es ahora un correo basura, obsceno, intrascendental. Llega ese y con él llegan otro mil. Luego llega otro, y esta vez es un correo largo y subido de tono, cosas de amantes secretos. El próximo: una carta de despedida, un hasta más nunca. El siguiente es la última nota dejada por un suicida.
Y así, por centenares, por miles. Todos los correos que nunca llegaron a destino y se perdieron misteriosamente por el camino le van llegando a su buzón. Todos esos mails que se escribieron alguna vez y se difuminaron en el ciberespacio, cada una de esas cartas puestas para siempre bajo sospecha por más que se insista: “te juro que te lo mandé”, pues no, no se perdieron, tampoco son mentiras, sólo que esas verdades llegaron a otro que está en otra parte y no puede ni siquiera responder.
El hombre, asumiendo su purgatorio privado, el más estéril y absurdo de todos jamás –eso piensa, más que convencido de su tragedia particular- se dedica a leer, sin prisa ni hambre ni sueño, una y otra vez y de nuevo, todos esos correos extraviados escritos por extraños y para extraños.
Durante un instante suspendido, algo que en otro tiempo y otra vida hubiera llamado décadas, se ocupa de ir leyendo y ordenando mentalmente todos aquellos mensajes sueltos. Hasta que entiende que, con un poco de maña e ingenio, todo encaja. O al menos él podría (ya que hay tiempo y no se concilia jamás el sueño) ir armando algo congruente con todo ese disparate disgregado. Claro que siempre quedan piezas que nunca encajan. Claro que hay otras que encajan de mala manera y a la fuerza. Claro que abundan los trozos que no pegan ni con cola pero que se entrelazan por los caprichos más insólitos. A veces se suman peras con manzanas y con arañas y la cuenta siempre da uno. Un uno, perfecto y enterísimo, sin decimales.
Se entrega entonces a aquella tarea absurda de llenar de coherencia su eterno espacio en blanco, hasta que se percata de que aquella historia que teje con las palabras de otros y para otros es la única vida que tiene. Descubre, como en un fogonazo de cruel lucidez, que alguna vez -eso juraría ahora o acaso cree recordar- había tenido una vida que podía narrar en primera persona. Donde todo lo pudo contar desde la voz de un supuesto yo que estaba dentro y era protagonista.
La nueva vida es idéntica, sólo que ahora la van narrando otros y desde afuera. La misma cosa, dice en voz alta el hombre, pero en tercera persona.
Satisfecho con su teoría, mentalmente le pone al cuentote un punto final. Y cierra los ojos con alivio.
Al otro lado de sus párpados se abre el dichoso túnel oscuro con luz al fondo. Mientras lo transita piensa: este cuento ya me lo sé.
