lunes 21 de septiembre de 2009

Espacio en blanco



Un hombre cierra los ojos con alivio.

Al otro lado de sus párpados se abre el dichoso túnel oscuro con luz al fondo. Mientras lo transita piensa: este cuento ya me lo sé. Lo recorre entero con paso firme, cada vez más confiado de lo que le aguarda, pero al final del túnel no hay nada de lo que espera; ni ángeles ni coros celestiales ni ancianos barbudos ni viejas mascotas de infancia que le mueven la cola después de tanto. Es una habitación infinitamente blanca sin paredes –o acaso con paredes tan blancas y extensas que no conocen límites entre suelos, techos y muros-.

En medio de aquel espacio en blanco apenas hay una cosa: una computadora encendida.

El hombre trata de volver sobre sus pasos pero al girar la cabeza no hay túnel ni puerta. Después de hastiarse de buscar a tientas una salida y de toparse mil veces con la misma computadora encendida en medio de la nada absoluta, decide asomarse al monitor. Es el buzón de entrada de una dirección de correo electrónico que tiene su nombre. No hay ningún mensaje por leer.
Intenta salir de esa página y navegar a otra, no se puede. Decide escribir un mail, tampoco se puede. La computadora no tiene ningún otro programa instalado, sólo sirve para recibir correos y aún nadie manda ninguno.

Pasan largos días sin sombra ni noche. Días blancos de insomnio y aburrimiento atroz. Nada pasa, nada llega, nada se mueve, nada suena. Apenas el zumbido de una máquina siempre encendida, el tenue ruido blanco de una estática diminuta. Mejor sería apagarla a ver si sin ese ruido se puede al menos dormir, piensa el hombre. Pero no hay interruptor ni cables ni tampoco manera de moverla de lugar. El hombre decide emprenderla a patada limpia contra la computadora, al menos es algo qué hacer. Se da el gusto de triturarla hasta dejarla hecha una madeja de ruinas blancas.

Y no ha terminado de recuperar el aliento cuando ya la computadora se ha curado, como una de esas lagartijas que pierden la cola y regeneran otra idéntica. Eso mismo pero a toda velocidad. Cada abolladura vuelve a su posición original, cada fragmento partido regresa a su sitio y se fusiona con el todo sin dejar marca. La máquina vuelve a zumbar, se enciende en la eterna página de inicio del buzón de entrada.

Pero esta vez hay un mensaje sin leer.

Emocionado, seguro de que allí se encuentra un mensaje crucial para él, una pista para salir de ese infierno luminoso, el hombre se apresura a leer el correo. La decepción es más grande que su furia. No es más que un miserable mail perdido, una carta escrita por un remitente al que no conoce y dirigida a un destinatario que es otro. Llega otro mail, es ahora un correo basura, obsceno, intrascendental. Llega ese y con él llegan otro mil. Luego llega otro, y esta vez es un correo largo y subido de tono, cosas de amantes secretos. El próximo: una carta de despedida, un hasta más nunca. El siguiente es la última nota dejada por un suicida.

Y así, por centenares, por miles. Todos los correos que nunca llegaron a destino y se perdieron misteriosamente por el camino le van llegando a su buzón. Todos esos mails que se escribieron alguna vez y se difuminaron en el ciberespacio, cada una de esas cartas puestas para siempre bajo sospecha por más que se insista: “te juro que te lo mandé”, pues no, no se perdieron, tampoco son mentiras, sólo que esas verdades llegaron a otro que está en otra parte y no puede ni siquiera responder.

El hombre, asumiendo su purgatorio privado, el más estéril y absurdo de todos jamás –eso piensa, más que convencido de su tragedia particular- se dedica a leer, sin prisa ni hambre ni sueño, una y otra vez y de nuevo, todos esos correos extraviados escritos por extraños y para extraños.

Durante un instante suspendido, algo que en otro tiempo y otra vida hubiera llamado décadas, se ocupa de ir leyendo y ordenando mentalmente todos aquellos mensajes sueltos. Hasta que entiende que, con un poco de maña e ingenio, todo encaja. O al menos él podría (ya que hay tiempo y no se concilia jamás el sueño) ir armando algo congruente con todo ese disparate disgregado. Claro que siempre quedan piezas que nunca encajan. Claro que hay otras que encajan de mala manera y a la fuerza. Claro que abundan los trozos que no pegan ni con cola pero que se entrelazan por los caprichos más insólitos. A veces se suman peras con manzanas y con arañas y la cuenta siempre da uno. Un uno, perfecto y enterísimo, sin decimales.

Se entrega entonces a aquella tarea absurda de llenar de coherencia su eterno espacio en blanco, hasta que se percata de que aquella historia que teje con las palabras de otros y para otros es la única vida que tiene. Descubre, como en un fogonazo de cruel lucidez, que alguna vez -eso juraría ahora o acaso cree recordar- había tenido una vida que podía narrar en primera persona. Donde todo lo pudo contar desde la voz de un supuesto yo que estaba dentro y era protagonista.

La nueva vida es idéntica, sólo que ahora la van narrando otros y desde afuera. La misma cosa, dice en voz alta el hombre, pero en tercera persona.

Satisfecho con su teoría, mentalmente le pone al cuentote un punto final. Y cierra los ojos con alivio.

Al otro lado de sus párpados se abre el dichoso túnel oscuro con luz al fondo. Mientras lo transita piensa: este cuento ya me lo sé.

miércoles 9 de septiembre de 2009

Arepa (f)Rita


A Cacho lo lleva siempre ella, porque es obediente, está consciente de su fuerza, ha sido entrenado y además es un caballero que algún día, si nos descuidamos, lo encontraremos con mostacho y fumando pipa sobre el sofá mientras escribe sus memorias. Cacho sabe caminar a la distancia prudente, frenarse cuando toca, agilizar el paso cuando se le suelta la cuerda, se sabe sentar, tumbar, dar la pata, ofrecer la barriga para que le rasquen. Hace de todo menos buscar el palito porque eso sí le parece cosa de idiotas.

Cacho es bóxer alemán, con tamaño y carácter de Rottweiller, y como buen alemán tiene un imperativo categórico inserto en el código genético que le marca con pulso firme los límites de lo que se debe o no hacer. Así que puede tener ganas absolutas y descomunales de comerse algo o de liarse a dentellada limpia con cualquier cosa cuadrúpeda o bípeda que se asome por allí, pero si no es lo correcto, si no está dentro de los parámetros de lo que “un buen perro debería hacer” el tipo respira hondo, gruñe hacia dentro y se queda en su sitio hasta que se desvanezca el objeto de la tentación. Cacho es un magnífico perro. Rita, al contrario, no es una buena perra; es una persona.

Rita es como una barloventeña a la que alguna brujería redujo al cuerpo de una bóxer americana. Rita es puro deseo concentrado, como aire caliente en una olla de presión, un terremoto mal atrapado en el cuerpito moreno de una perra. Rita va a la velocidad que le da la gana, o no va a ninguna velocidad si la gana que le da es la de sentarse de culo hasta que le den ganas de hacer otra cosa, acaso de saltar aquel muro de 5 metros coronado por alambre de púas y picos de botella para jugar con cualquier cosa que esté detrás (ya verá luego cómo hacer para devolverse o a quién enamora para que la devuelvan); no se sabe sentar, ni tumbar, ni dar la pata, ni entiende eso de “No hagas eso, Rita” o “Así sí, Rita, muy bien”. Para ella ambas cosas significan más o menos lo mismo y a ambas te responde con la misma lamida de lengua entera que te llega hasta el esófago. Se come lo que le da la gana (y nada jamás le cae mal, excepto las camisas sudadas y llenas de restos de pintura y cemento de algunos albañiles; pero las evacúa en menos de 24 horas y ya está lista para comerse las camisas de una cuadrilla de obreros más).

Así que a la hora de pasear yo llevo a Rita. O Rita me lleva a mí.

Rita va lentísimo cuando tenemos que correr y se lanza a toda mecha barranco abajo cuando lo prudente es parar. Rita es como Beowulf -que tenía la fuerza de 30 hombres-, ella tiene la de 30 perras pero sin tener la menor conciencia de lo duro que pega ni de lo fuerte que muerde ni de lo macizo que es su hocico cuando te saluda tomando impulso de 20 metros, corriendo a 60 Kph y lanzándose de cabeza desde el descanso de la escalera para que tú la atajes más abajo contra el pecho.

Ese día iba Cacho primero y, educadamente, diplomáticamente, con un elegante movimiento de cuello y ligera apertura de las fosas nasale, pasó junto a una arepa tirada en la mitad de la calle. Seguro pensó: “Um, qué delicioso sería comerse esa cosa, pero no es correcto y además seguro me sentaría mal en el estómago”. Rita no se dio cuenta de la existencia de la arepa hasta que estaba cinco metros más allá, entonces algo en el viento le avisaría: “Chama, te acabas de pasar una arepa frita, medio mordida, de esas que tienen un hueco del tamaño de un dedo en el centro”. Y entonces Rita nos arrastró a los cuatro hasta la arepa frita y tuvimos que tirar de la cuerda entre todos para que no se zampara aquella vaina. La regañamos y le dijimos que no, que eso no se comía, que estaba sucio, que ella tenía su comida para perros en casa. Nos miró con cara de: “quiero que sepan que la vida pudiera ser mucho más divertida si se atrevieran a vivirla”.

Dejamos la arepa atrás y estuvimos paseando los cuatro por más de una hora, subimos cerros, cruzamos quebradas, descansamos junto al Samán, atravesamos el sendero de tierra que se abre en medio del bosquecito, vimos un águila, diez de zamuros, varias lagartijas verde radiactivo. Cacho quiso meterle diente a todo pero estoicamente resistió. Rita, curiosamente, siguió su ejemplo.

Cuando veníamos de vuelta le pasamos por un costado a la arepa que seguía frita mordida y con el dedo en su medio allí tirada al sol. Cacho la olisqueó a distancia prudencial y continuó su camino convencido de que una vez más era un buen perro que hacía lo correcto. Rita se le quedó mirando a la arepa con una expresión que cualquiera llamaría de nostalgia. “Muy bien, mi muchacha, cuando lleguemos te voy a dar de premio una galleta” le dije, y me miró con cara de “Merezco dos o tres galletas… es más, deberían darme cuatro, que Cacho me regala la suya”.

Llegamos a casa, guardamos a Cacho y a Rita en su territorio, cerramos la reja que los separa del mundo exterior. Mientras preparábamos el desayuno se nos asomó Cacho por la ventana como queriendo decirnos que algo pasaba. Ladraba con voz aguda, como un niño a punto de lanzarse a llorar. Salí a ver qué era eso tan extraordinario que hacía perder la compostura a Cacho y descubrí que no había nada. Absolutamente nada. Aquel patio estaba desierto. Ni siquiera estaba Rita. Me asomé por la ventana –me imagino que con la misma descompostura y la misma voz de Cacho-: “Rita no está”.

Salimos a buscarla, la llamamos, le silbamos, revisamos cada agujero y cada posible escondite. Nada. Rita, la escapista, no estaba. Volvimos a casa a ver si había vuelto en nuestra ausencia. Tampoco. Y en eso, cuando estábamos a punto de lanzarnos al suelo a llorar los tres, una sombra nos tapó el sol, algo saltó la reja de 3 metros y, con la gracia de un garrochista olímpico, sobrepasó los barrotes con varios centímetros de cómoda altura. Aquello que nos cayó del cielo era Rita. Traía su arepa en el hocico.

Podemos jurar que detrás se le notaba la sonrisa.

miércoles 2 de septiembre de 2009

El fantasma en la máquina


Mi padre solía decir que lo primero que hacen los que se quieren es cambiarse el nombre; por eso es que las parejas de recién enamorados suelen inventarse unos apodos espantosos y cursilísimos y privadísimos, o se llaman por el segundo nombre (ese mismo que nadie utiliza ni se sabe jamás), porque de esa manera sienten que se apoderan del otro: tú me perteneces porque te he dado un nombre nuevo con el que nadie más te puede llamar.

Hay gente que le pone nombre también a lo inanimado. Le tiene un nombre al carro, a la casa, al llavero, a la computadora, al teléfono, a la lavadora y la lamparita de la mesa de noche. Yo soy una de esas personas. Establezco relaciones personales con ciertas cosas –contadas y entrañables, sólo con cosas que se saben ganar mi afecto- y las bautizo; no sólo para hacerlas más mías, sino también con el convencimiento infantil de que así nos llevaremos mejor, será una relación más estrecha y duradera y a la hora de la chiquita le van a poner un extra para no dejarme mal parado.

La patología que padezco me la contagió (y potenció) mi hermana, que cuando yo era niño la acompañé solidariamente a hacer una diligencia en su auto –ella estaba empezando a manejar sincrónico y le tenía miedo incluso a llegarse hasta el kiosco de la esquina para comprar el periódico- y cuando veníamos de regreso su Ford Corcel se apagó de mala manera. Nos tuvimos que orillar, intentó encenderlo cien veces y nada, sonaba fatal, algo realmente malo ocurría. Y entonces mi hermana puso ambas manos sobre el volante, cerró los ojos y lanzó una plegaria extrañísima: “Babieca, no me hagas esto. Por favor llévame aunque sea hasta la casa”. Y el pana ha prendido. Nos llevó hasta la puerta de la casa y allí se espichó, se despaturró, cayó con la lengua afuera y la panza pegada al asfalto. Mi hermana, aún temblorosa, se bajó del Corcel, le hizo cariños en la capota como quien le acaricia el cogote a un perro y le dijo: “Gracias, Babieca”.

Esa misma tarde me enteré que Babieca, además de ser el nombre del carro de mi hermana, había sido el caballo del Cid Campeador. Todo se conectaba. Y todo en mi vida, por un minuto, cobró sentido.

Así fue como tuve una Betty que fue carro plateado, a un Xavi llavero guardián de las llaves de casa, tuve también a un Alí (el único celular que ha durado conmigo más de un año sin fugarse ni morir de autocombustión espontánea) y tuve a Jacinta que era laptop.

Esta es la historia de Jacinta.

Jacinta fue una Toshiba modelo Satellite negra con azul oscuro. Una morenaza coqueta, compacta y fiel que me acompañó exactamente durante mil y una noches. Me la dieron una semana antes de irme a vivir a Barcelona. Escribí al menos tres horas diarias durante años en esa máquina: cosas para otros, cosas para mí, cosas para publicar y cosas para quemar. Y escribí allí mi primera y única novela, desde el título hasta el punto y final. De alguna manera, Jacinta fue ese agujero escondido que nos buscamos en el tronco de un árbol o en las rendijas entre las piedras para susurrar dentro aquello que a nadie más nos atrevemos a decir. Pero una vez lo dije todo tenía que corregirlo para mostrarlo. Y entonces decidí que iba a sacar el archivo de la novela, se lo extraería de las entrañas a Jacinta porque mejor me iba a corregirlo en la otra computadora que había en casa. Una grande, rubia, nueva, hecha en Suecia, con conexión a Internet de banda ancha, pantalla de 17 pulgadas, con teclado en español y, lo más importante, con corrector de palabras de ese que te subraya en rojo o en verde cuando algo está mal escrito o suena muy raro (dependiendo, claro está, del nivel de redacción del ingeniero que programó el procesador de palabras).

Durante semanas tuve a Jacinta apagada, condenada al silencio, a la oscuridad y a la distancia, allá en la silla del cuarto, la del rincón, debajo del montón de ropa que me iba quitando. Mientras, yo corregía y reescribía en la sueca y cuando se me cansaba la vista pues me ponía a mirar Internet y me pegaba una dosis de chat.

Hasta que ocurrió la tragedia. Un día, en plena edición, avanzando al trote ligero sobre mi rubia gigantesca ¡PUM!, se murió la catira. Se murió con todo dentro, se le quemó la tarjeta madre, se le borraron los archivos, se chamuscó y chamuscó todas las cosas hermosas y caras que le habíamos metido dentro. Había perdido mi trabajo de meses. Nada de lo que había corregido se había salvado. Lo único que me quedaba de mi novela estaba en el vientre de Jacinta.

Así que volví como un marido arrepentido, con la cabeza gacha y sin saber dónde meter las manos, a buscar a mi negrita criolla a ver si me recibía. La encendí y me estaba esperando en el mismo punto y final donde la había dejado semanas atrás. Volví a comenzar la reescritura desde cero. A revisar de nuevo cada capítulo, cada nombre, cada oración, cada coma, cada punto, cada sangría. No hizo falta que la negra Jacinta me dijera nada, comprendí perfectamente su rabia y su humillación: “Claro, yo me calo todo el embarazo y todo el parto para que al final te lleves a la criatura con tu nueva novia que es más joven y guapa”. Entendí también que la sueca no había muerto de muerte natural. El fantasma de alguien le había ajustado las cuentas al espíritu de alguien. Y que Jacinta estaba absolutamente consciente de lo que había hecho. Consciente y además contenta.

Jacinta murió una semana después de volver al terruño. Un día la fui a encender y no quiso. Su alma se habrá ido, me imagino, a ese sitio donde se van los que saben que su misión está cumplida y que, a pesar de los picos y valles, lo han hecho bastante bien.