lunes, 9 de abril de 2012

Homo Zappiens Salvation


El holandés Wim Veen lleva cerca de veinte años investigando sobre los nativos digitales, esos individuos que han nacido y crecido en medio de estos tiempos hipermodernos y de la pantalla global (como les llama Lipovetsky). Veen ha acuñado un término provocativo y lúdico para referirse a estos sujetos contemporáneos: Homo Zappiens -lo que ha levantado más de una roncha, porque la academia y el sentido del humor no suelen ir de la mano-.

El Zappiens, de allí su nombre, es ese individuo que ha crecido en un entorno caracterizado por las informaciones discontinuas: cuando mira la televisión hace zapping frenéticamente por los centenares de canales que le ofrece el cable, chatea, escucha música, envía mensajes de texto, juega videojuegos en línea y hace (o intenta hacer en el menor tiempo posible) las tareas de la escuela todo ello en simultáneo. Y, por lo visto -aunque a nosotros desde afuera nos lo parezca- no suele naufragar en ese Maelstrom de información caótica en el que está constantemente sumergido.

El llamado Homo Zappiens está dotado, según Veen, de una cantidad de destrezas que le permiten lidiar con la tecnología como si el mundo entero fuera un gigantesco constructo tecnológico: no leen ordenadamente de izquierda a derecha ni línea por línea sino que su lectura se asemeja más a un escaneo, una rápida lectura vertical donde leen textos, imágenes, colores, texturas e hipervínculos a la vez; tampoco siguen instrucciones ni revisan los manuales, sino que abordan la información que se les ofrece a raudales en pantalla de una manera intuitiva y -casi siempre- saben dónde deben hacer clic para continuar leyendo. Muchos se pueden quejar de que el Zappiens no lee o que cada vez lee menos, a lo que Veen responde que sí que leen, que leen muchísimo, lo que pasa es que leen distinto y sobre otros formatos de lectura; se sienten como peces en el agua saltando entre las pantallas, lidiando con los teléfonos móviles, el control del videojuego, el ratón de la computadora, las tabletas electrónicas y el mando a distancia del televisor. Ese es su mundo y, dado el rumbo trepidante que llevan las cosas, aquel sujeto que no desarrolle estas habilidades para lidiar y entender(se con) la tecnología se quedaría en franca condición de minusvalía para poder interactuar con la vida que le ha tocado.

Un poco más al norte, en Noruega, Espen Aarseth asegura que la característica de la literatura en los tiempos que corren (nunca mejor aplicado el término) es la de ser Ergódica: se requiere de un movimiento, de un desplazamiento físico, para poder ser llevada a cabo. Tenemos que mover así sea un simple dedo al hacer clic para poder leer, de manera que el jardín de los senderos que se bifurcan se recorre ahora como quien se desplaza convertido en un avatar y por medio de un joystick por ese laberinto que propone la lectura. Hay que tomar decisiones, mover el artefacto, hacer clic, interactuar con el dispositivo para escoger un camino mientras se desechan todos los demás. La literatura ergódica nos propone, según Aarseht, que el lector se comporte como un lector-jugador y que el mundo sea entendido como un mundo-juego.

Esto nos podría remitir, de vuelta a Holanda, al denominado Homo Ludens que acuñó Johan Huizinga: comportarse como un jugador y entender al mundo como un gigantesco mecanismo de juego podría darnos señales nada despreciables de la naturaleza humana así como del aparato cultural que hemos construido para filtrar al mundo y aproximarnos a él.

Sin embargo, el estadounidense Nicolas Carr, con una visión mucho más angustiosa y desencantada nos asoma la posibilidad (nada descabellada) de que este mundo-juego y este nuevo lector-jugador que han proliferado masivamente con Internet corren el riesgo de volverse cada vez más superficiales. Estamos sumidos en un legítimo bombardeo de informaciones, la pantalla global nos tiene literalmente ahogados en un océano de imágenes, estímulos visuales y acústicos de toda naturaleza y a velocidad de hipermetralla. No somos capaces de lidiar con tanta información, el torrente del alud informático es infinitamente superior a nuestra capacidad de aprehenderlo y metabolizarlo, por lo que la única opción que tenemos es la de hacernos progresivamente más y más superficiales. No hay tiempo para la reflexión ni para la contemplación, no hay espacio para el desarrollo del pensamiento crítico. Detenerse a pensar, a unir ideas, a establecer vínculos entre las ideas y las cosas, tomarse el tiempo para “crear” en la acepción más amplia del término, es algo que estamos perdiendo también a velocidad de vértigo. La creación artística (ya sea de narrativa, poesía, ensayo, cine, pintura, escultura y demás), a luz y ritmo de la hipermodernidad, sería a la larga una más de la especies en franco peligro de extinción.

Ciertamente hay razones para preocuparse, para sucumbir ante la idea tenebrosa y desesperanzada de que, tal como pinta el panorama, las cosas no están bien y van para peor… pero entonces irrumpe Lipovetsky, quien cada vez se vuelve más inevitable, y asoma una posibilidad insólita: el Homo Frivolus quizás sea nuestra salvación.

Quizás, asoma Lipovetsky entre líneas, el mundo sin guerras, tolerante, respetuoso por el otro que siempre hemos soñado, sólo puede estar en manos de ese nuevo hombre (Zappiens, Ludens, Frivolus, el lector-jugador que vive su mundo-juego, pónganle el epíteto que más les guste) que lo que único que quiere es entretenerse y jugar, que no quiere molestar ni ser molestado mientras recorre a punta de brincos superficiales ese mundo (el de las pantallas, pero también el de este lado de la existencia) del que sólo toma lo que le llama la atención mientras ignora todo lo demás. Ese individuo superficial, frívolo, lúdico y fragmentado no estaría entonces pendiente de aniquilar o segregar a nadie porque el otro piense o sea distinto. Morirán en manos de la frivolidad las artes, pero también las ideologías. No habrá tiempo para la Creación, pero tampoco para la Destrucción (al menos no la que deriva de conflictos políticos, religiosos, raciales, ideológicos).

Puede ser que el nuevo hombre decida utilizar un arma insospechada para cambiar finalmente al mundo, un arma insólita y rara vez empleada pero que siempre estuvo allí: Ignorar aquello que siempre hemos considerado como Importante. Una ignorancia que se traduce en no me interesa, paso de absolutamente todo, me da igual, a mí me dejan en paz que quiero estar en lo mío, yo lo que quiero es pasarla bien, entretenerme, estar a la moda sin que me perturben las otras modas de los demás, quiero explotar mi derecho de por vida jugar con mis juguetes inocuos y allá tú con tus juguetitos y tus jueguitos.

Quién sabe… vaya vértigo, yo definitivamente no sé.


5 comentarios:

Anónimo dijo...

Este Homo del futuro asusta ,ya preocupa el actual, sumergido en tantas pantallas y entre tanta información que descuidan el humilde ser que esta cerca, ya no se le mira y es considerado impedimento para su absorbente tarea .
Ese hombre final de tu trabajo, se hundiría entre sus juegos y egoismo también.
Me dejó pensando tu excelente análisis.

María Antonieta Arnal Parada dijo...

Muy bueno. Me recordó una obra que hice que la puse en el último video que puse en mi blog http://arte-poesia-religion.blogspot.com/ que se llama sobredosis (es una cabeza con frasquitos de vacunas). Tiene que ver con eso, el exceso de información en que vivimos.

Deyanira Díaz dijo...

Este "Homo Zappiens" llevado al extremo es un autista social. Está tan sumergido en su mundo virtual, que no se percata de lo que pasa a su alrededor, solo se siente a gusto entre personas de su misma especie, con las que tiene poco o ningún contacto real.

Que la salvación del mundo esté en un ser así, voy a decir lo mismo que tú, no sé, no sé. Recuerdo una película que se llama "Juegos de Guerra" . Se trata de un niño que inocentemente comienza un juego virtual, y que por error casi termina en una guerra mundial real. También me da terror pensar que, mientras "los buenos" prefieren aislarse voluntariamente de la realidad para no sentir su vulnerabilidad, "los malos" tomen el control del mundo como en Sucker Punch.

Deyanira Díaz dijo...

Me encantó esta reflexión que hiciste, algo en lo que tal vez habría pensado Isaac Asimov si aún viviera.

Saludos.

German Herrera dijo...

esto esta bueno jose, alimento para el pensamiento. Zapping ó no las utopias y los nuevos hombres suelen traer consecuencias nefastas que no suelen tomarse en cuenta desde el planteamiento :s