jueves, 16 de mayo de 2013

Todo por Soda



Querido Martín,

Te escribo desde el fin del mundo. No, no es una metáfora, estoy de verdad en el quinto carajo, en la punta más lejana y más pegada a la Antártida de la Patagonia. Mira qué belleza, acaba de pasar un pingüino y más atrás una foca… Pero, marico, no le puedes decir a nadie que estoy aquí porque seguramente, como ya te habrás enterado, me deben estar buscando. Sí, por eso mismo que estás pensando, por lo de Soda Stereo y lo que pasó en el último concierto del reencuentro en Caracas.

Te escribo esta vaina porque mi novia me convenció de que si lo contaba lo exorcizaba, lo echaba para afuera y al final, con ponerlo en palabras y lanzarlo al agujero del tronco de un árbol (la jeva lo habla todo con metáforas, pana, yo a veces la entiendo pero la mayoría no), me iba sentir mucho mejor. Así que aquí estoy contándote la historia y asumiendo que eres tú ese agujero en el tronco.

Vamos a ver si podemos empezar por el principio ¿Te acuerdas de aquella noche hace como un año que nos íbamos a reunir en mi casa y tú no pudiste venir porque habías quedado en ir a cenar con la que hoy es tu esposa? Bueno, güevón, pues allí comenzó todo y, entre otras cosas, esto también te va a explicar por qué ninguno de nosotros tres fue a tu matrimonio. Yo estoy seguro que cuando acabes de leer esta carta nos vas a entender y a perdonar.

Esa noche en la que tú preferiste andar con tu culito en vez de reunirte con tus panas de toda la vida (no te arreches que no es un reclamo, simplemente estamos llamando a las cosas por su nombre) nos reunimos el Cebolla, Arístides y yo en mi apartamento de La Carlota. Nos bebimos todo (por cierto que el vino para cocinar da una acidez brutal, así que pásalo con agua, te doy ese dato) y nos fumamos hasta el tilo, güevón, una vaina que quedamos bobos.

Entonces hubo un punto de la noche en que nos dio por escuchar discos viejos y nos pusimos nostálgicos. Nostálgicos graves, Martín, el Cebolla hasta lloró y nosotros tuvimos que abrazarlo y sonarle los mocos con su propia camisa. Una vaina lamentable, viejo. Y Arístides y yo pensábamos que lloraba porque estaba sonando Soda Stereo y alguna tecla se le habrá movido al Cebolla, se habrá puesto a pensar en la ex o en los viajes a Adícora cuando estábamos en la universidad y éramos tan felices pero no lo sabíamos, qué sé yo, vainas de esas de borrachos. Tú sabes cómo es la música, basta con que oigas una canción para que a uno se le activen unos recuerdos rarísimos y comiences a pensar en vainas que tenías años sin recordar. Pero entonces, en medio de la lloradera, en un punto el Cebolla se sorbió la mitad de los mocos (la otra mitad nos la lanzó encima, el muy cochino) y dijo: “Coño, no hay derecho a que este continente haya perdido así su dignidad”.

Y nosotros nos quedamos en blanco, Martín, porque el Cebolla puede ser cualquier vaina, pero poeta no es. Entonces le preguntamos: “de qué coño estás hablando tú, güevón”. Y nos dijo: “coño, pajúos, de Soda Stereo. No puede ser que en 30 años no haya salido de Latinoamérica ni un solo grupo que se les compare a estos panas”. Verga, Martín, y entonces nos pusimos a llorar los tres. Porque tenía razón. Nos hemos pasado décadas oyendo pura mierda, décadas desperdiciadas buscando una banda, una solita, que le llegara por los talones a Soda. Y tú miras para atrás y aquello era un desierto musical, pana. No había nada.

Entonces yo dije -porque lo asumo, la idea fue mía, lo dije medio en joda pero como estábamos tan fumados y tan borrachos en ese momento todo tiene como un peso descomunal-: “Es que habría que secuestrar a esos tres locos y obligarlos a reunirse a juro”. No me vengas a decir, Martín de mierda, que no era una idea bonita, que no era una vaina altruista. Lo que pasa es que yo nunca pensé que estos dos bolsas se la iban a tomar tan en serio. Me miraron con los ojos redondos, parecían sacados de un manga y me respondieron: “sí va, vamos a echarle bolas”.

Yo creo, Martín, que lo que pasó es que el Cebolla y Arístides tenían un gran vacío en sus vidas y este plan era la excusa perfecta para tener por fin un proyecto. Una razón para vivir, marico. El Cebolla, tú lo conoces, es un genio que no sirvió nunca para nada. Tanto estudio de ingeniería biomecánica, tantos postgrados en farmacia y química y las mil pendejadas para hacer prótesis orgánicas y aquel carajo nada que servía. Se quedó, igualito a cuando estábamos en el colegio, estancado en la categoría “genio en potencia”, “joven promesa”, “éste algún día llegará lejos” (pero lejos quedaba lejísimos y ese día al Cebolla nunca le llegó).

Y luego Arístides, coño, que uno lo quiere burda porque es amigo nuestro desde que nos salieron los primeros pelos en las bolas, pero Arístides es un burro cargado de plata. Una máquina de hacer dinero, tú sabes cómo es la vaina, Martín. A ese pana le caía dinero por la herencia del abuelito, pero también porque invertía en la bolsa o porque decía “voy a montar una cadena de venta de potecitos plásticos” y la vaina la pegaba. Real y más real, esa era la vida de Arístides. Y se gastaba millones en rumbas, en viajes, en mariqueras insólitas (yo todavía lo de la iguanicultura para hacerle competencia a los bolsos de piel de cocodrilo no me lo creo) y de todas maneras producía el triple, el cuádruple, sin tener que mover un dedo y sin haber ido a cumplir horario en una oficina en su puta vida. Un maldito, el Arístides, un cabrón con demasiada suerte; lo que pasa es que es amigo de uno y uno lo quiere.

En fin, ahí estaba yo abrazado, oyendo Soda Stereo, con este par: un genio que no servía para un coño y un burro cargado de real que no sabía qué carajos hacer con tanto billete. Y no tuve otra opción, Martincito, de verdad que no la tenía, era mi responsabilidad, porque yo les acababa de regalar un sentido para sus miserables vidas y, además, estábamos hablando de un gesto que era un regalo para la humanidad. Había que devolverle Soda Stereo al mundo. Era un asunto de dignidad.

Esa noche en mi casa hicimos el pacto y juramos no decirle nunca nada a nadie, ni siquiera a ti, Martín. Hasta nos cortamos las manos y firmamos con sangre y la vaina fue un desastre porque el Cebolla era diabético y no nos lo había dicho y luego no paraba de sangrar el coño de madre. Y entonces ahora tenía doble motivo para llorar: por Soda y por la hemorragia.

Quedamos al día siguiente para reunirnos en casa de Arístides -ya con la cabeza en su sitio y después de superar lo más duro de la resaca- para armar bien el plan.

El concierto de Soda Stereo, reunidos 30 años más tarde, tendría que ser gratuito y en Caracas. Eso era indiscutible. Primero porque podíamos hacerlo en la República Independiente de Chacao (Arístides estaba saliendo con la hija del Presidente de Chacao y bastaba con una modesta donación para contar con todos los permisos y hacer lo que nos diera la gana), segundo porque Caracas siempre fue una plaza fundamental para Soda y tercero porque nos daba la gana, marico, punto. Lo jodido era ir a Argentina, buscar a los tres panas, convencerlos de venir a tocar y traérselos. No te imaginas, Martín, lo cómodo que es hacer planes cuando el factor dinero no es un problema, se te puede ocurrir cualquier barrabasada y para todo hay real de sobra. Lo difícil era encontrar a los locos y traerlos a cualquier precio, costara lo que costara, inclusive en contra de sus voluntades.

Mientras te estabas casando tú, Martincito, nosotros nos subimos en uno de los aviones privados de Arístides y, con varias maletas llenas de millones de dólares, emprendimos rumbo a Buenos Aires. La primera parada tenía que ser en la casa de Zeta que era el más fácil de los tres. Zeta nos recibió en su estudio con su calva bien pulida, con una panza como de ocho meses y con una papada que le llegaba a la mitad del cuello. Yo de vaina le digo: “Buenas, por favor con Zeta”. El tipo nos hizo un mate (que puso al Cebolla a mear como un degenerado cada tres minutos) y nos preguntó el motivo de la visita. Le explicamos y nos dijo, para nuestra sorpresa, que sí, que estaba de acuerdo, que él desde hacía tiempo venía pensando en la idea de la reunificación de Soda, pero que Gustavo se negaba (que lo olvidáramos, que estaba loco de remate, todavía más loco, y era un energúmeno, que después de viejo estaba peor que nunca) y que Charly Alberti estaba viviendo en el fin del mundo, metido a budista o una mariquera de esas, haciendo yoga frente a los glaciares con una noviecita de 25 años. Ah, y también se puso con una mamagüevada de que el concierto, de hacerse, tenía que ser en Buenos Aires y que en eso, como el personaje de El lado oscuro del corazón, sería irreductible. Estábamos a punto de lanzarnos a llorar los tres, otra vez, hasta que se me ocurrió sacar el celular y decirle: “Mira, Zeta, la verdad es que no queríamos decírtelo pero la vaina tiene que ser en Caracas porque esta mujer quiere tener un hijo contigo”. Y le puse la foto de Camila, güevón, Camila que se pudre de buena, Camilita que es como Jennifer Connelly mezclada con Scarlett Johanson, una mami entre las mamis. Y a Zeta le brillaron los ojos, güevón, se rejuveneció ese loco, volvió a tener 25 mientras se imaginaba revolcándose con Camila: “Bueno, che, se podrá hacer alguna excepción en este caso… andá a cagar, que sea en Caracas”.

Listo con Zeta, ahora íbamos con Alberti, a rescatarlo del culo del mundo. Nos llegamos, después de no sé cuántos días de viaje, hasta una cabaña perdida en los confines del planeta. Nos recibió una mujer que no te la crees, panita, un ángel caído del cielo, una cosita riquísima que si la pones al lado de Camila la convierte en un bagre. Nos dijo que ella era Mariela no-sé-qué-cosa, un nombre hindú que todavía no me aprendo, una vaina con varias haches, varias kas y zetas intercaladas. Una cosa muy espiritual y muy imposible. Mariela (a secas, sin el segundo nombre de ahora en adelante) nos dijo que Charly Alberti andaba meditando frente al glaciar haciendo la posición del loto con el perro invertido y el gato maullante en fase dos (una vaina que si te la imaginas da una imagen muy gay). Y así tal cual, contorsionado en medio de aquel frío, nos encontramos a Charly. Le comentamos lo del concierto de Soda en Caracas, que Zeta había dicho ya que sí, que si él accedía pues nos íbamos todos ya mismo para casa de Gustavo Cerati para convencerlo. Charly dijo que no, se negó en redondo, nos dijo que la época de la música, las giras y el dinero se había quedado demasiado atrás para él, que ahora era un ser mucho más espiritual, que aquí en el culo del mundo había encontrado finalmente su espacio en el universo (y le puso una mano en el culo a Mariela y todos pensamos “coño, claro, tiene razón”). Pero entonces Arístides, desesperado –sobre todo por el frío cagante y por el discurso budista del pana- le dijo claro y raspado: “Mira, Charly Alberti, no seas marico… te doy dos millones de dólares ahora mismo y dos millones más cuando se acabe el concierto en Caracas”. Y Charly Alberti dijo: “Sólo si es en efectivo, pibe”. Hicieron maletas él y su deliciosa novia (como 40 años menor que él) y nos fuimos todos a Buenos Aires otra vez a la caza de Cerati.

Entonces llegó la fase en la que teníamos que convencer a Cerati. Cerati, chamo, que estaba en otro planeta, que hablaba con puras frases al estilo de: “Sho, en este instante fugaz y luminoso de una existencia apacible pero distante y casi ajena, no soy más que el humo siniestro y azulado de un cigarrisho atómico que se desprende en partículas de shuvia entrañable, de peces, de surcos en rostros avejentados que dibujan el mapa imposible de una luna menguante sobre ese desierto que alguna vez fui sho pero que contigo sha no tanto”. Así, marico, todo lo que decía, a tiempo completo. Yo no entendía nada, te puedes imaginar al Cebolla (Cebosha, de ahora en más, como decía Gustavo) y a Arístides, tenían la cara de quien trata de explicarle lo que es una reina pepeada a un marciano.

Cerati, con una frase intrincadísima, de imposible reproducción, la vaina más críptica y fumada que hayas oído en tu puta vida (una cosa, como todas las de él, que no se entendió nada pero que sonaba arrechísimo), nos dijo que ni de vaina. Que la respuesta es no y no me sigan jodiendo la paciencia.

Zeta dijo entonces que él también se bajaba del tren, que sin Gustavo no se iba a Caracas. Y Charly no dijo ni una palabra, puso de nuevo su manota sobre la suculenta redondez de las nalgas de su noviecita y nos hizo entender que se volvía a sus glaciares a hacer la posición del perro maullante en flor de loto.

No nos quedó otro remedio, marico, en serio que no. Era el momento de jugarse la última carta. Esperamos a que se dieran media vuelta y les saltamos como tigres por las espaldas. Arístides se encargó de Alberti, el Cebolla se le fue encima a Cerati y yo le metí semejante coñazo en la calva a Zeta que lo desmayé. No contábamos con la tal Mariela, que repartía unos zarpazos como de leona y nos dejó a los tres magullados; pero al final logramos controlarla. Cebolla entonces se sacó una jeringa que traía escondida en un estuchito debajo del abrigo y los inyectó a todos, Mariela incluida.

No me preguntes exactamente qué fue lo que les inyectamos. Cebolla nos explicó pero era casi como escuchar a Cerati: sonaba arrechísimo pero no tenías la menor idea de lo que te estaba hablando. Palabras más, palabras menos, era una droga que él mismo había diseñado. Una vaina que te relajaba el cuerpo y te ponía una sonrisota en la cara. Por fuera eras la estampa vívida de la felicidad y la calma, aunque por dentro hubiera un infierno. Yo no entendí cómo funcionaba la vaina hasta que me tuve que inyectar yo mismo una dosis cuando vinieron los milicos a interceptarnos en el aeropuerto, justo antes de tomar el avión rumbo a Caracas con los cuatro secuestrados dentro. Entonces comprendí los efectos del coctel Cebolla, por fuera eres una persona calmada, racional, sonriente, controlada y por debajo de la piel te estás muriendo, quieres gritar, llorar, patalear. “Me pondré el uniforme de piel humana” decía Cerati en uno de sus temas, bueno, la vaina era más o menos así (pero al revés).

Bueno, al final los milicos nos dejaron ir, primero porque los Soda Stereo y su acompañante estaban de tan buen ánimo, tan contentos y relajados; y segundo porque Arístides les regaló una de las maleticas llenas de dólares “en una prueba de amistad y mutuo entendimiento entre nuestros pueblos, a ustedes que les gusta tanto vender y a nosotros que nos gusta tanto comprar” les dijo el hijo de puta. Y a los militares les pareció magnífico. Yo creo que hasta la bendición nos dieron.

Llegamos a Caracas en un vuelo sin sobresaltos porque cada vez que los Soda Stereo se ponían medio cómicos y empezaban a dar señales de que los efectos de la droga se les estaban pasando, el Cebolla se aparecía con su inyectadora y les redoblaba la dosis. Yo, mientras tanto, estaba feliz; porque te da como una euforia incontrolable cuando por fin te sales de la cárcel de la piel humana. Te dan ganas de bailar, de meter goles desde la media cancha, de inventarte un pase de breakdance, de follar, no sé cómo explicarte, marico, es una sensación de libertad como si nunca antes en tu vida hubieras sido libre, realmente libre. Pero no sabíamos si esa misma euforia también les daría a ellos, mejor era tenerlos sedados hasta el momento del concierto donde se iniciaría la fase final del plan.

Y llegó el día, Martín. ¿Tú fuiste, verdad? Seguro que sí, cómo coño te ibas a pelar el concierto de Soda 30 años más tarde. Un concierto de 8 horas donde iban a tocar todo, absolutamente todos los temas de todos los discos, en vivo, gratis, en Caracas. Dime que no fue una belleza, panita, el mejor concierto de la historia de la música. Una vaina apoteósica. Yo me acuerdo y lloro, güevón. Ya lo sabes, yo soy de la despreciable raza de los sensibles, cómo lo puedo evitar. Mira, se me paran los pelos de pensarlo nada más.

Bueno, llegó el día, Martincito, y aquí el plan dependía ya exclusivamente del Cebolla. Yo era el autor intelectual, Arístides financiaba todo el desmadre y el Cebolla era el autor material. Pocas horas antes del concierto Cebolla hizo las cirugías. Les abrió eso que llamó “un puerto” en la nuca a Cerati, Zeta y Alberti (en palabras de Arístides, quien logró verbalizar lo que yo pensaba pero no sabía nombrar: “coño, marico, pero eso parece que les hubieras abierto otro culo”) y los conectó con un cable orgánico a una máquina. Hizo las pruebas y dijo: “estamos listos”.

Arístides y yo estábamos cagados, viejo. Porque allá afuera había como 500 mil personas en la Autopista del Este, la tarima tenía como 200 metros de altura, las telepantallas gigantes estaban repartidas por toda la República Independiente de Chacao, se habían hecho las pruebas de sonido y aquella vaina sonaba tan duro que te vibraba el cuerpo desde dentro (te lo juro que a mí se me movía el estómago con los bajos). Pero Soda no había tocado en 30 años, no habían ni siquiera ensayado, eran unos viejos que no iban a poder aguantar ni media hora de concierto. Pero el Cebolla insistía, “tranquilos, está todo bajo control, ustedes relájense y disfruten, yo me encargo de la máquina”.

La máquina del Cebolla, Martín, todo estaba en la máquina y en los cables. Estaba inspirada en una frase de Cerati que aparece en el Dymano: “¿Y dónde está la música? La música está en los cables”. Por fin la genialidad del Cebolla había servido para algo, porque de esa máquina salía la música que iban a tocar y desde allí se inoculaba en los puertos orgánicos, abiertos en la nuca de cada uno ellos, una sustancia mágica de la que dependía todo el espectáculo. La máquina era Dios, güevón, el gran maestro titiritero que manejaba los hilos de los tres Soda Stereo. Y la máquina, siguiendo sus impulsos y movimientos sobre la tarima, se encargaba de traducirlos en las luces y los rayos láser.

Aquello fue un concierto de rock, pero también fue un rave. La gente no se lo creía. Arístides, cuando tocaban Canción Animal (yo diría que como en la sexta o séptima hora del concierto, o por ahí) salió corriendo como un poseso, atravesó toda la tarima y se lanzó en clavado para ser atrapado allá abajo en los brazos de la multitud enardecida. No lo volvimos a ver. En medio del trance, esos trances colectivos que conectan a 500 mil personas en un estado de euforia absoluta, la novia de Charly se despertó de su propio trance particular (el del coctel Cebolla) y empezó a gritar. Yo pensaba que gritaba de pánico, luego me di cuenta de que gritaba de felicidad, demasiado feliz estaba aquella diosa, tan feliz que comenzó a saltar y a bailar y a quitarse la ropa y yo me le fui encima y comenzamos a besarnos y a meternos mano durísimo en el backstage. Recuerdo que en una de esas (mientras forcejeaba con el bendito broche del sostén) abrí los párpados y vi de reojo al Cebolla operando la máquina. Tenía una chupeta de chicle enorme y bailaba y subía los brazos como quien acaba de meter el gol más hermoso en la historia de los mundiales. Muchísimo más arrecho que el de Maradona contra Inglaterra. Y entonces entendí que no había vuelta atrás, que el Cebolla había decidido inmolarse en un coma diabético y había puesto los comandos de la máquina en su máxima potencia. Y que a ese clímax absoluto no podía metérsele ya la reversa.

Soda tocó como nunca, la gente abajo hacía el amor, se mordía, jadeaba y gruñía en un orgasmo masivo. El más largo y simultáneo de todos los orgasmos en la historia de la humanidad. Hubo entonces una descarga final, el punto más alto de la apoteosis y sobre el bramido de la multitud se escuchó a Cerati gritar por última vez: “Gracias… totales”.

Y hubo un estallido, algo que todos pensaron que eran los fuegos artificiales para coronar el cierre del concierto más hermoso jamás, pero que ya sabemos lo que fue. Yo me llevé a mi Mariela en brazos sin voltear atrás.

Al día siguiente, cuando la gente cayó en cuenta de lo que había pasado y todo el mundo amanecía en otra cama con otras mujeres, otros hombres y otros perros que en su vida habían visto, comenzaron a buscarnos bajo los cargos de secuestro y homicidio. Pero ya yo estaba montado en el avión privado de Arístides rumbo a Patagonia.

Ahora dime tú, Martín, dime tú si conoces una mejor manera de despedirse. Qué músico en el mundo no ha soñado con un adiós así.

Bueno, ya está. Ya lo eché todo para afuera. Te lo juro que me siento mucho mejor ahora que lo exorcicé. Tenía razón mi novia. Me voy que en esta vaina se está ocultando ya el sol y no te crees el frío, marico. Además Mariela me está esperando frente a la chimenea para hacer el gato ladrador invertido con delicias de loto, una posición que sólo se hace en pareja y que se la inventé yo.

Mira, qué belleza, ahí va otro pingüino. Seguido de una foquita… coño, y una orca más atrás.

Publicado originalmente en Panfleto Negro el 25 de abril de 2011.

4 comentarios:

claudia dijo...

Qué buenísimo. Todo el rato lo he leido con una sonrisa en la boca.



bss

Jose Urriola dijo...

Gracias, Claudia. Honrado con tu cometario. Un abrazo fuerte.

Silvia dijo...

Genial José, me encanta!

Jose Urriola dijo...

Muchas gracias, Silvia. Qué bien que te gustó. Salud!