sábado, 30 de setiembre de 2006

SciFi Office


- ¿Qué tal el nuevo trabajo?
- Bien, mucho mejor que el anterior. Aunque a veces me arrepiento de haber renunciado a ese lugar.
- ¿Lo extrañas? Yo juraba que detestabas estar allí.
- Sí, es cierto. El trabajo era horrible, la gente abominable, el jefe un cretino, mis colegas unos muertos en vida, la oficina era idéntica a un campo de exterminio pero corporativo. Y sin embargo… me arrepiento.
- No entiendo, ¿te arrepientes de qué?
- De haberme ido de allí sin que antes se me ocurriera llevarme una cámara oculta, con una cinta de 120 minutos, grabar lo que fuera durante 2 horas ininterrumpidas, cualquier cosa que tuviera que ver con ese mundo y los especimenes que lo habitan. Loco, no hubiera hecho falta guión, ni cambiar un solo escenario, ni invertir un centavo, ni maquillar a un solo actor, ni siquiera un miserable efecto especial; simplemente tenía que hacer un documental de observación, dejar que la realidad fluyera con toda naturalidad frente a la cámara.
- ¿Y qué hubieras logrado con eso?
- Una película de ciencia ficción, viejo. La mejor película de ciencia ficción en la historia de este país. Ciencia ficción apocalíptica.

jueves, 28 de setiembre de 2006

A destiempo y sin saber


- Yo siempre llego tarde – fue su frase introductoria- Me refiero a las relaciones, no a ser impuntual. Yo siempre llego cuando ya el tipo está comprometido con otra o justo cuando ya no quiere saber nada de relaciones- Y apenas terminó de decir su humilde presentación ya se arrepintió. “Qué pésima manera de romper el hielo, con razón estás sola”.
- Ah, mira tú, yo en cambio soy ése que nunca entiende nada. No me entero de nada. Soy siempre el último en darse cuenta, y cuando por fin me doy cuenta, lo poco que entiendo lo entiendo mal –respondió Él tratando de ser solidario y gracioso, pero sintiendo que a medida que salían las palabras de su boca se iba convirtiendo en el tipo más torpe y patético del universo y sus alrededores.

Esa noche se fueron derrotados a sus respectivas casas. En paralelo reprodujeron el mismo performance de autoflagelación. “Qué cagada, qué torpeza, con razón todo acaba saliéndote mal, otra salida más que no te lleva a ningún lado, eres un desastre, qué manera de arruinarlo todo a las primeras de cambio”.

Sin embargo volvieron a quedar para el día siguiente; por no dejar, para jugarse el último cartucho, para sacarse aunque fuera las ganas de los huesos. Y esta vez se fueron juntos y estuvo bien. Igual que al día siguiente que fue mundial. Idéntico al otro día que fluyó aún mejor. Y al otro. Y al otro. Y así durante miles de otros días más.

Ella -en secreto, sin comentarle absolutamente nada jamás- se fue percatando de que la acumulación de tantos delays, esa sumatoria aglomerada durante años de desfases y retrasos, había jugado esta vez a su favor. De tanto llegar a destiempo había por fin logrado enredar al reloj. Por una vez en la vida había llegado justo a tiempo en el momento indicado para llegar.

Él, en cambio, se quedó una vez más sin entender. ¿Qué cosa extraña habría ocurrido en ella para que se fijara en él?

Menos mal que no entiende, ojala no llegue nunca a entender. De su ignorancia pende su buena suerte. En estas cosas, más que en ninguna otra, no hay absolutamente nada qué entender.

viernes, 22 de setiembre de 2006

Mañana es otro día












Escribió Quevedo:
Ya no es ayer; mañana no ha llegado;
Hoy pasa, y es y fue, con movimiento
Que me lleva a la muerte despeñado.

Dijo mi padre:
Mañana es otro día. Y así tituló su penúltima novela.
La mejor que escribió. Joya rara olvidada que hoy noche releo con fascinación.

Deseo yo:
Que acabe este hoy de vértigos. Alucinado, extraño, sombrío.
Que llegue, ahora ya, por favor, mañana.
Y que de verdad sea otro día.

martes, 19 de setiembre de 2006

Experimento y video (Episodio IV: The End, my friends)


Las últimas dos reglas del fulano Experimento decían:

9) El Estado se reserva los derechos de explotación y difusión de las imágenes, sean en vivo o diferidas, de manera parcial o total.

10) El consumo de la obra podrá ser decretado como obligatorio y deberá ser acompañado de una dosis de 600mg de Soma XS inhalable para garantizar su máximo disfrute. (Los precios del combo serán anunciados y modificados a juicio de la autoridad).

Y pasó entonces lo que tenía que pasar. Lo que siempre pasa en el cine y en la realidad, que el régimen cayó. Por justicia divina, por pura suerte, por rebeliones justificadas o absurdas. Cayó porque sí, porque la naturaleza de las dictaduras es caer. Lo lindo es cómo cayó ésta.

Es que te la cuento y te enamoras, me pides matrimonio, que te done esperma, que te monte cachos pero no te deje.

Porque al principio éramos los tres: Cacho, Rita y yo. Y éramos tres sin nada que hacer, fumando marihuana todo el santo día, haciendo de hackers con la computadora, viendo pornos. Bueno, las pornos las veíamos al principio Cacho y yo; pero luego él me dijo que me relajara, que Rita era pana y que se las tripeaba. A mí me dio igual. A mí todo me da igual. Igual, ver una porno, fumar maría y hackear son cosas que se hacen igualito: echado en un sofá y con ganas de dormirte para no despertarte nunca más. Hasta que un día me ladillé de andar tan ladillados -porque de pana que ya estaba ladilla-, y entonces dije: “¿Panitas… y si tumbamos al gobierno?”. Y ellos respondieron: “ah bueno, sí, vamos a darle”.

Armamos el plan, que fue sencillo. Compramos por Internet con unos bonos de la deuda pública nacional unas microbombas K que las venden en el mercado negro malayo. Te las traen por contrabando hasta Nueva Guaira y allí las recibe un Guardia Nacional que te las libera por medio kilo de perico -que no tiene que ser cocaína de la mejor, ése se conforma con una mediocre. Igual ya no tiene ni tabique ese desgraciado de todo lo que se ha esnifado en el puerto-.

Las microbombas K de 10 megatones traen en la caja las instrucciones para implantar. A veces no necesitas ni cirugía. Sólo tienes que abrirte la carne con un exacto o una hojilla allí donde quieres meterla. La dejas caer, ella solita saca las patas, se acomoda en la herida y se ancla debajo de la epidermis. Luego solamente se frotan y ¡pum! Detonan con fricción.

Cacho se metió la suya en el huequito del glande. Rita hizo lo propio en la vagina. Yo me encargué de intervenir la computadora central del Experimento para que los escogidos fueran ellos, es decir, para que el resultado de la ecuación siempre diera a Rita como hembra alfa y a Cacho como su macho. Lo más difícil fue que se acostumbraran a orinar muy despacio y a no acabar jamás; porque bastaba un roce violento para volarlo todo a la mierda en un radio de 5 Km.

El día inaugural del Experimento, en la transmisión inicial de la temporada, convocaron a la plana mayor del régimen a verlo en vivo. Fue hasta el presidente que lo sentaron en un trono de terciopelo rojo sangre. Y todo el país estaba pendiente de sus telepantallas porque había mucha expectativa y se hablaba de una gran sorpresa preparada por los protagonistas para todos.

Cacho y Rita se dieron durísimo. Loco, yo todavía me acuerdo y me emociono -se me paran los pelitos, mira-. Era tal cual como ver una porno en la tele pero con gente que uno conoce bien. Y cuando llegaron fue una cosa absoluta, el orgasmo fue explosivo. Fue un orgasmo real, total, contagioso, con fuegos pirotécnicos pero que no fueron artificiales. Volaron ellos. Volaron todos. No quedó ni rastro en varias manzanas a la redonda.

Y la gente entendió que la Rebelión tenía sentido ahora que tenía mártires. Que ese grito orgásmico era más bien un grito de guerra. La señal que todos esperaban para salir a la calle a repartir mordiscos, patadas, lanzar zapatazos, clavar uñas, arrojar agua y aceite hirviendo por las ventanas. O a sí mismos, de ser necesario.

El único registro en video que se tuvo de este final apoteósico –del Experimento, que también fue el de la tiranía- lo tenía yo. Único en grabar el episodio por saber exactamente lo que iba a pasar. Ahora soy dueño absoluto de un emporio que administra todos sus derechos de exhibición y distribución. Aunque, claro, el 30% de las ganancias van a parar a una obra benéfica que tuve el buen corazón de crear: La Fundación Cacho-Rita por La Paz La Libertad y el Desarme Mundial.

sábado, 16 de setiembre de 2006

Experimento y video (Episodio III)


4ª regla: Bajo ninguna circunstancia (incluida la muerte) se podrán separar durante el lapso del experimento.

Aquella noche en la que la hembra alfa vio por primera vez a su macho quedó fascinada con él. Al macho también le gustó Ella –es posible que más de la cuenta, acaso demasiado-. Ella dijo “ponte cómodo que ya yo vengo”, al tiempo que lo empujó con punta de dedos por los hombros y lo hizo caer sobre la cama.

Se encerró en el baño y tardó, tardó mucho, tanto que Él –“individuo altamente sensible y propenso a la ansiedad”, como rezaba el informe- se dedicó a iluminar con el punto exacto de penumbra la habitación, se desnudó, dobló la ropa en un montoncito sobre la mesa de noche, de motus propia buscó unas esposas ocultas en su bolso de mano, se las ingenió para esposarse al copete de la cama y para dejar la llavecita apretada entre sus dientes. Mientras seguía esperando por Ella calculó la frase justa con la que la recibiría: “Aquí me tienes, mamita, soy tuyo para que me hagas lo que quieras”. Sí, esa estaría genial.

Y por fin salió Ella. Fantástica. Llevando apenas una ligera dormilona que dejaba translucir sus curvas de fruta madura. Él, ante la idea de poder acostarse durante 3 años (sí, el detallito de 36 meses, la minucia de 1095 días) con aquella diosa prodigiosa, con aquella nena de colores, se quedó boquiabierto –mala cosa cuando se tiene una llave entre dientes-. La llave se le deslizó tráquea abajo, aún antes de que pudiera recitar su frase esplendorosa. Murió entre estertores que ella atónita atestiguó sin poder hacer nada desde el umbral. Y sin saber a ciencia cierta por qué ese hombre esposado al copete se atosigaba de tal manera.

Los tres años de experimento transcurrieron en un único plano secuencia. Una toma fija donde se encuadraba la descomposición del cadáver atado a la cama. Que se fue secando, marchitando, colapsando. Proceso directamente proporcional al de la mente -y sobre todo el espíritu- de Ella, quien llena de pánico y frustración permaneció durante todo ese tiempo a su lado. Sentadita en la otra mitad de la cama.

El video fue un fracaso en su transmisión masiva y obligatoria. Hoy día sólo se consigue en versión director’s cut; se ha convertido en una gema del cine de autor tan sólo comparable con piezas de igual extrañeza como “Empire” de Andy Warhol o “Blue” de Derek Jarman.

jueves, 14 de setiembre de 2006

Experimento y video (Episodio II)


La tercera inviolable e incuestionable ley del experimento rezaba:

Ambos estarán en la obligación de formar una pareja, seducirse, convivir de la mejor manera, tener sexo al menos una vez al día.

Cuando Ella lo vio le gustó, mucho. En cambio a él no. No le gustó la hembra alfa, para nada. De hecho, no le gustaban las hembras en general. Había participado en la audición porque era amante y estaba locamente enamorado del productor del experimento. Que casualmente era también Ministro de Justicia y también de Deportes y de la Juventud y Director Artístico del Teatro Nacional –esas cosas se habitúan en el régimen, como en otros-. Pero el poliministro-productor no le correspondía en el afecto; porque él de quien estaba realmente enamorado era del Fiscal, que a su vez estaba enamorado del Canciller-Ministro de la Defensa, que a su vez estaba enamorado del Viceministro de la Cultura y de la Mujer y de Hidrocarburos y del Espacio Exterior –carteras todas afines- y quien casualmente era también el camarógrafo de la cámara 3.

El experimento resultó un fiasco. Hembra y macho alfa acabaron por convertirse en mejores amigas, casi comadres, Ella le sirvió de paño de lágrimas en el despecho monumental que cargó Él durante casi la totalidad de los 3 años de encierro. Al final se pelearon, cosas de amigas que sólo ellas logran entender, aunque a veces ni siquiera eso. En un ataque de rabia quemaron las cintas, se negaron a editar un video donde saliera “la perra esa” –que era como ahora se llamaban mutuamente- así que no hubo video para transmitir.

Es que tres años ininterrumpidos de mal sexo le desgracian la vida a cualquiera.

El video que sí circula -entre los guerrilleros subterráneos que lideran la rebelión y entre las élites del régimen, claro- es el detrás de cámaras que desmenuza la cadena alimenticia de pasiones no correspondidas que involucran al camarógrafo de la cámara 3 y al resto de los excelsos dirigentes del gobierno.

Pero por decreto presidencial ese video no será televisado. No por ahora.

martes, 12 de setiembre de 2006

Experimento y video.


El Estado publicó Las reglas del experimento, tan sencillas como inviolables:

1) A partir de la hembra alfa (Ella) se escoge a un macho (Él) de la misma especie que sea de su agrado, de edad similar, sano, genéticamente compatible.
2) Deberán convivir durante 3 años de absoluto encierro en un espacio sin paredes de 50 m2 donde compartirán una sola cama, un baño, cocina y comedor.
3) Ambos estarán en la obligación de formar una pareja, seducirse, convivir de la mejor manera, tener sexo al menos una vez al día.
4) Bajo ninguna circunstancia (incluida la muerte) se podrán separar durante el lapso del experimento.
5) La experiencia será filmada a 3 cámaras durante los 36 meses de convivencia.
6) Al cumplirse los 3 años exactos de iniciado, el experimento culminará sin prórrogas ni apelaciones.
7) La totalidad de las cintas registradas será duplicada. A cada miembro de la pareja se le hará entrega de todo el material bruto para que hagan con él un montaje de la experiencia. La duración del video final es libre.
8) La pareja se reunirá por única y última vez para intercambiar los videos. Pueden acompañar sus películas con una breve nota explicativa.
9) El Estado se reserva los derechos de explotación y difusión de las imágenes, sean en vivo o diferidas, de manera parcial o total.
10) El consumo de la obra podrá ser decretado como obligatorio y deberá ser acompañado de una dosis de 600mg de Soma XS inhalable para garantizar su máximo disfrute. (Los precios del combo serán anunciados y modificados a juicio de la autoridad).

Al principio del experimento -apenas se cerró la puerta del apartamento y se encendieron las cámaras- se gustaron pero no tanto. Sólo con el paso del tiempo sus risas se hicieron más francas y espontáneas, el sexo dejó de ser mecánico para dar paso al juego afectuoso y la ternura. Al año estaban perdidamente enamorados. Tanto que, en secreto, casi en un susurro imperceptible para los micrófonos de la cámara, Ella le dijo: “Si quieres nos podemos volver a ver fuera de aquí, cuando se acabe el experimento”. A lo cual él sólo respondió con una sonrisa nerviosa. Nada más. A los dos años se enfrascaban en peleas monumentales que acababan en apasionadas reconciliaciones. A los dos años y medio pasaban por largos momentos de silencio, acariciándose muy suave, a veces tomados de la mano o refugiados en un nudo el uno contra el otro, adelantándose a la despedida. Faltando tres meses su rutina se hizo tensa y nerviosa, discutían por asuntos a los que nunca antes dieron la mínima importancia. Empezaron a hacerse maldades, pequeñas provocaciones domésticas que sabían irritarían al otro. Se insultaban de buena gana como viejos amantes convertidos en rivales, clavándose colmillazos ponzoñosos justo allí donde sabían que harían el mayor daño.

Se despidieron el último día con una tristeza absoluta. Estrecharon manos y luego un abrazo prolongado y húmedo. Ella tomó su paquete de cintas primero y se despidió con un “me voy ya, y no pienso voltear”. Él le estuvo mirando la espalda hasta que desapareció por el hueco de la escalera, tomó entonces sus cintas y se marchó por otro camino.

El día pautado para intercambiar los videos se encontraron en el mismo lugar donde estuvieron por 3 años conviviendo. Él casi no podía hablar, la encontró aún más hermosa, con otro brillo en el pelo –sí, ahora más largo con reflejos más claros- y algo parecido a la tristeza irresistible en los ojos. Ella lo encontró más flaco, le pareció un poco más alto, le encantó reconocer el timbre exacto de su voz.

Él entregó su video acompañado de la siguiente nota: “Si yo pudiera retroceder el tiempo, si pudiera retroceder cada una de estas cintas, yo escogería sólo los mejores momentos, borraría los malos o los minimizaría. Uno es dueño de sus memorias y no importa tanto qué fue lo vivido, lo importante es cómo uno lo recuerde. Yo prefiero recordarte bonito”.

En el turno de Ella, entregó todas las cintas con el material en bruto, idénticas a como se las había llevado, sin haber editado un solo segundo: “Si retrocediéramos las cintas y si volviéramos el tiempo atrás yo repetiría todo exactamente igual. Lo intenté lo mejor que pude desde el principio. Yo cometería de nuevo los mismos errores en los mismos momentos”.

Se despidieron con una sonrisa sospechosa. Hubo un guiño cómplice. Y se desvanecieron. Nunca más, a pesar de haber sido buscados con saña en cada milímetro de la ciudad, se dio con el paradero de la hembra alfa y su macho ideal.

Eso sí, la transmisión masiva y obligatoria de los videos resultó un éxito.

El gobierno se niega a admitirlo, pero el rumor corre por las calles; la gente tiene la sospecha cierta de que en algún lugar incógnito, fuera de norma, en un espacio sin paredes -de 50 m2 compartidos, o acaso menos- esa pareja anda justo en este instante inmersa en su propio experimento. Uno del que sólo ellos serán testigos, sólo ellos sabrán de sus variables, picos, valles y resultados. Y esta vez sin video.

sábado, 9 de setiembre de 2006

Por un poco de sangre

Festivales de cine fantástico hay unos cuantos. Ninguno como Bruselas. Porque al de Bruselas la gente se va disfrazada al cine: de hombres lobo, de vampiros, de momias, de Godzilla, de Ultraman, de María -la robot de Metrópolis-. Porque la gente desde la butaca le grita a los protagonistas allá sobre la pantalla: “¡Cuidado, está detrás de ti!” o “Luke, imbécil, Darth Vader es tu padre!. Y cada vez que aparece una escena con la luna llena el teatro completo hace “Auuuuuuuuuuu” durante varios minutos. Es el único festival donde he visto lanzar zapatos a la pantalla cuando no gusta la película. Y donde se colean zapatos durante toda la función a algunos infelices que deben esperar al final de la sesión para irlos a buscar al fondo de las papeleras. Es como un espectáculo de teatro medieval, donde todos tienen derecho a interactuar con los del escenario. Todo comentario irrisorio es vociferado a todo gañote para que todos puedan reír. Y donde la gente entra y sale con cervezas de la sala, cuidando de dejar siempre la puerta abierta para que todo el mundo grite durante toda la función: “¡La puerta, cabrón!”. En pocas palabras, nadie va en Bruselas al cine a ver una película, la gente va a una fiesta donde todo eso se vale, a pasar dos horas en la oscuridad haciendo todo eso que se supone que no puedes o deberías hacer en un cine. Y cuando te acostumbras al desmadre acabas riéndote y hasta lanzando algún zapato que más tarde, a lo mejor, encontrarás ( y si no, pues te llevas otro que te calce).

Pero lo que más me llamó la atención del Festival de Cine Fantástico, Horror y Ciencia Ficción de Bruselas fue un curioso ritual que se repetía justo al principio de cada proyección. Alguien entre el público gritaba con todas su fuerzas algo en un idioma incomprensible (yo diría que flamenco, aunque pudiera ser en un francés impenetrable): “Uuulalalá, lalala la lá”. A lo que la sala entera respondía a coro con idéntica euforia e impenetrabilidad: “Lalala lala lalá”.

Me pasé dos semanas atónito escuchando ese ritual varias veces por día y siempre olvidaba preguntar qué demonios significaba. Quién gritaba, qué decía, qué le respondían, por qué lo hacían.

El último día de festival, ya despedidos los amigos que allí hicimos, ya a punto de subir al taxi que nos llevaría al aeropuerto, me devolví desde la puerta del hotel y corrí hasta la sala de periodistas donde apenas quedaba Thibaut Dopchie, un joven belga que hacía de jefe de prensa. Y entonces le pregunté casi sin aliento qué significaba el dichoso ritual. A lo que respondió:

- Pues hoy día ya casi nadie sabe por qué lo hacen. Casi nadie recuerda el origen. Yo lo sé, porque me lo contó mi padre que fue de los fundadores del festival hace 20 años –se acomodó los anteojos, puso cara de estar revisando el fondo de la gaveta de su memoria infantil -. La apertura del primer festival de Bruselas en 1983 estuvo a cargo de una película cuyo nombre nadie sabe ni recuerda. Era una mierda de película. Una mierda absoluta. Pero tenía una frase genial, hacia el final, y eso fue lo único que quedó grabado en la memoria del público. El protagonista, despedazado, a punto de morir, suspira: “Yo solamente quiero un poco de sangre… aunque sea la última vez”. Y eso, exactamente, es lo que repite el público. Alguien grita: “Yo solamente quiero un poco de sangre”, a lo que todos responden: “aunque sea la última vez”.

Di la gracias, un último apretón de manos, corrí a reunirme con mis colegas. Subí al taxi convencido de haber aprendido algo hermoso. Que a veces, muy de vez en cuando -para mí mismo, en silencio- repito al principio de ciertas funciones. Como si yo también con ese sortilegio condenara a la película a ser memorable.

miércoles, 6 de setiembre de 2006

Sigur Rós (Svefn-g-englar)

Será por lo evocativo que me resulta la traducción de Svefn-g-englar (“Ángeles sonámbulos” en islandés). Será porque en el proceso creativo de este video le entregaron sin condiciones la música al grupo de teatro Perlan, cuyos miembros son todos síndrome de down, y les dieron autonomía de vuelo para diseñar a su antojo guión, trajes y coreografías. Acaso porque me agrada de los islandeses esa sabiduría para estar siempre cerca pero no estar; participar de todo como testigos silentes mientras prefieren aparentar ausencia. Será tal vez porque las guitarras de Sigur Rós no son tocadas con uña sino con arco de chelo y eso las hace llorar y gemir, más que sonar como guitarras. Quizá sea por esa voz que no canta sino que maúlla como un cachorro triste en el medio de la noche invernal. Y que te dice todo sin que entiendas una sola palabra.

Quién sabe si será por agradecimiento, por ser el único grupo que casi nos mata de un infarto en un concierto. Y hubiera sido una muerte preciosa, una que al estarnos negada acabó por unirnos aún más, nos hizo amarnos aún más.

Será, seguramente, porque le escuché decir al cantante Jón Þór Birgisson –ciego de un ojo de nacimiento-: 'Nací así, nunca he podido ver con los dos. Pero me gusta. Creo que si pudiera ver en estéreo, me volvería loco'. Y entonces me di cuenta de lo evidente: que de alguna forma todos percibimos la vida en mono y asimilarla siempre en estéreo sería de una lucidez desquiciante.

Será, tal vez, porque estos tipos hacen la música que a mí me hubiera gustado ofrecer y ofrecerme a mí mismo, si mi talento no fuera tan obstinadamente en mono.

Será porque ni una sola de estas razones ni la sumatoria de todas ellas será jamás suficiente para explicar por qué me gusta tanto. Tanto de verdad.




lunes, 4 de setiembre de 2006

Respuestas Insólitas (Capítulo 4: Yo con mis pies)

Mamá, que es la persona más buena y noble que conozco (lo juro, no es porque sea madre mía), siempre se preocupó horrores por ese naturalísimo talento que tiene su hijo menor para que se le acerque gente extraña.

Debe ser que les parezco simpático, acaso inofensivo, puede que me vean como un tipo más bien buena nota; aunque más de una vez he llegado a pensar que lo que pasa es que reconocen cierta afinidad esencial entre ellas y yo.

Contaré esta historia que alguna vez juré (sobre todo a mí mismo) no repetir a nadie, mucho menos a Mamá porque se iba a preocupar muchísimo.

Estaba yo recién llegado a Barcelona, apenas mi primera semana, en el infernal verano del 2003. Hacían unos buenos 32 º a la sombra, y al sol los termómetros rayaban los 40º. Eso, combinado con la humedad típica de la ciudad, daba la sensación de estar permanentemente en una sauna finlandesa, o estar recién salido de la ducha y caer directamente en una cocina donde alguien dejó la puerta del horno abierta. Sudor y sopor omnipresentes, aunque estés sentado y a la sombra.

Me voy a pie hasta la playa, andando a pleno sol con mis audífonos a todo volumen, armándome un video clip personalísimo a cada paso, sacando mi balance particular entre lo ganado y lo perdido. Me siento en un banco de Barceloneta frente al Mediterráneo, azulísimo, con su tendencia al letargo, como un viejo jubilado cansado y gruñón; tan mar pero tan distinto al Caribe nuestro que es como un adolescente que quiere correr olas y aprender a surfear.

Estoy perdido en mi autorreflexión, debatiéndome entre el optimismo y la melancolía, cuando veo con el rabillo del ojo que tengo a un compañero de banco sentado al otro extremo. Parece un tipo normal y corriente, cercano a los 30, con tendencia a quedarse calvo, camisa a cuadros, jeans. A los dos minutos veo que el tipo se ha deslizado y lo tengo sentado apenas a un metro. Sigue la canción, me voy poniendo tenso, el tipo se desliza unos centímetros más hasta que me toca al hombro. Suavecito. Con dos dedos:

-Oye, perdona… ¿te puedo oler los pies?- Me dice, casi susurrado, a la oreja.
-Coño… ¿qué?- Respondo yo, quitándome los audífonos y diciéndome a mí mismo: “Tranquilo, pana, seguro que escuchaste mal. Tienes que haber escuchado mal”.
- Que si te puedo oler los pies, tío, pero cinco minutillos y ya. Anda, colega- Repite el del footfetish con toda naturalidad.

Me chorreé, me temblaron las manos. “Coño, Dios mío, pero por qué yo. Por qué me tienen que tocar a mí estos panas con sus fetiches chimbos. Imagina tú olerme los pies, y para rematar con esta sudadera del verano”.

Y entonces me armé de valor, intenté modular mi tono más neutro, el más digno, sobre todo el más aplomado. Y he dicho una de las frases más insólitas que se me ha ocurrido en la vida jamás:

-No, gracias… no estoy interesado – Así, tal cual. Como si me hubiera propuesto hacerme una encuesta o participar en una rifa.

Me puse de nuevo los audífonos, subí el volumen hasta el máximo con la esperanza de que con eso bastara para anular la cruda realidad circundante. Cuando volteé el tipo ya se había ido, a olerse otros pies.

Hoy la viejita escucha el cuento y se ríe. Ríe de buena gana. Afortunadamente yo voy aprendiendo a hacer lo mismo.