viernes, 3 de agosto de 2012

Los límites de la microficción



Me gusta pensar, y esto debe ser consecuencia de mis genes (producto del cruce de una madre bióloga con un padre escritor), que los microrrelatos son como pequeños animales; fascinantes, peculiares, entrañables pero también perturbadores y tóxicos. No les conozco el género ni la especie, a veces son mamíferos, otras insectos y a veces las dos cosas al mismo tiempo. Tampoco me atrevería a determinar en cuál centimetraje un microrrelato pierde el prefijo y pasa a ser un cuento común y corriente. De lo que sí estoy seguro es que el microrrelato es un híbrido, una mezcla particular de música con narración con poesía con cómic y con videoclip, y que cumple con la máxima darwiniana relativa a la adaptación de la especie al medio para su supervivencia.  Difícilmente otra forma expresiva es más exitosa que la minificción para acomodarse a los tiempos que corren, para moverse al ritmo de nuestras vidas y nuestras ciudades. Ninguna parece tan atinada ni tan ajustada para el timing de lo que nos está tocando, ver, correr y vivir. También esa supervivencia del más apto tiene que ver con la procura creciente por ser esenciales en cada cosa que hacemos o contamos. Si está bien hecho es como un buen perfume, uno personal, experimental y seductor. Y, por si fuera poco, esta adaptación al medio pasa también por su adecuación a los formatos tecnológicos, pues en los nuevos soportes digitales: llámese blog, buzz, twitter, web page, myspace y demás, la minificción ha encontrado un caldo de cultivo y un escenario donde se mueve con una naturalidad pasmosa, como si toda la vida hubiera nadado entre bytes.

Quiero referirme a una anécdota que me ronda desde que gentilmente me invitaron a participar en este evento. Hace nueve años, cuando yo era un reportero que cubría festivales de cine, me tocó en Cannes tener la suerte de sentarme cinco minutos frente a uno de mis superhéroes personales, el cineasta David Lynch. Cuando me hicieron señas de que la cámara estaba corriendo y podía iniciar la entrevista, le pregunté a Lynch que de dónde había salido la idea inicial, la chispa originaria para concebir Mulholland Drive, la película con la que había venido a participar en el festival. Lynch, a dos manos, se alisó su gigantesco copete y me respondió: “Las ideas son como peces, y uno es un simple pescador. De pronto una idea muerde tu anzuelo y ya no puedes pensar ni hacer nada más. No puedes estar en paz. La idea lo es todo”.

Creo que la minificción es la forma literaria donde el pescado que se sirve sobre el plato se parece más al pez que cayó en la red. Es decir, donde el chef no hace alardes de sus conocimientos químicos y culinarios para transformar al pescado en otra cosa “que sabe mejor gracias a mí que sé tanto”, sino que el cocinero se pone al servicio de la idea original, la respeta, se somete a un ejercicio de autodisciplina donde prescinde de tanta especie y tanta alquimia con tal de serle fiel a las esencias. Para utilizar la metáfora de Walter Benjamin, el autor de la minificción es iluminado -o es víctima- (depende de la benevolencia con que se mire) de un fogonazo producto del choque fugaz entre el antaño y el ahora, o quizás por el impacto chispeante que se dispara cuando un estímulo externo entra en fricción con el universo personal del creador. Ocurre entonces el fogonazo de la idea, ese relámpago que de pronto aparece y nos desquicia, nos pide que lo convirtamos en una historia, el pez que muerde el anzuelo y no nos deja en paz hasta que hagamos algo con él. La pregunta es ¿qué hacer con ese pez? Y en la minificción las respuestas parecieran decantarse por la austeridad, el minimalismo, el sagrado principio de que mejor es un color que dos. Que la mordida del animal sea como la de la serpiente de coral, la mínima superficie pero con efecto letal. Que la herida luzca pequeña e inofensiva sobre la epidermis pero que detrás sea profunda y alcance órganos vitales. Ah, y que sea digno, que supere la prueba del propio juicio que es el más cruel e implacable de todos.

Puedo garantizar, y aquí me tomaré la licencia de ponerme el traje de pescador y la caña al hombro, que estas criaturas fascinantes y peligrosas suelen nadar en la música. Porque la música es el espacio de los futuribles, de las historias no contadas. Y que cuando una música nos cautiva y nos pide ponerla a sonar una y otra vez es porque también nos está pidiendo que hagamos algo con ella. Hay allí, entre ese juego de melodías, armonías, ruidos y silencios, también un juego de texturas, de atmósferas, de frases –pronunciadas o no- que brillan un poco más que las demás; entonces uno no tiene más remedio que intentar traducir esa materia acústica en verbos, en actos narrativos, en personajes, en monstruos de palabras. La música es un detonante portentoso, funciona como un catalizador, causa una reacción que activa en nuestras fórmulas secretas una serie de mecanismos donde nuestras experiencias, nuestro universo creativo y nuestras sensibilidades se ponen en movimiento y entran a jugar con el estímulo acústico. Los microrrelatos vendrían a ser el constructo narrativo que intenta dar testimonio de esa intersección, que trata de contar sobre ese mundo a escala que se forma cuando se ponen a funcionar armoniosamente, por medio del relato, cosas que hasta ahora no tenían conexión.  La microficción, para seguir con las metáforas musicales, es el arte de bailar prodigiosamente pero en una baldosa. Es el curioso talento de pintar sin salirse de la línea y precisamente por eso la obra se hace trascendental.  Es un acto de magia donde la literatura logra desbordarse justamente cuando se le exige la máxima economía y concreción.

Hemingway decía que un buen cuento tenía que seguir el principio del iceberg, en la superficie del relato sólo se asoma la punta visible pero el lector competente intuye toda esa masa profunda de lo que no se ve ni se cuenta. La microficción, bajo esta premisa, sería la punta de la punta del iceberg, apenas el trozo de hielo que cabe en el vaso corto de whisky de Hemingway. Y a pesar de que la parte visible apenas tiene centímetros se sigue adivinando todo el iceberg inmenso que igual flota por debajo.

Les invito en este punto a volver a pensar en las teorías sobre la supervivencia del más apto de Charles Darwin. Porque si bien la microficción literaria se adapta, en blanco y negro, sobre su tradicional soporte de tinta y papel, a los tiempos que corren, y además estas microespecies han aprendido a nadar maravillosamente en el océano de la red digital, no podemos perder de vista que los nuestros son también tiempos audiovisuales. Estamos inmersos en una cultura audiovisual cuyos códigos son, hoy por hoy, los más prolíferos y de mayor demanda. En este contexto, el microrrelato literario, se convierte en germen y caldo de cultivo para otras propuestas artísticas y otros medios expresivos que se valen de las formas de lectura no textual. Es aquí donde quisiera abordar fugazmente los casos de la microhistorieta y el filminuto, dos de los hijos con mayor auge y potencial creativo de la microficción.

La microhistorieta es un género que, si bien no es nada nuevo, cada vez se hace más prolífero y gana más adeptos en todo el mundo. La idea, similar a la del humorismo gráfico de magos de la síntesis como el argentino Quino, es contar una historia compleja y profunda pero con el mínimo de texto y con apenas unos pocos dibujos o acaso una única ilustración. Lo importante en la microhistorieta es que el texto, por sí solo, separado de la imagen, no funciona; como tampoco funcionaría la ilustración de forma aislada. Es necesaria la interacción, el juego que se establece entre la lectura textual y la lectura de las imágenes.

"Todo comenzó cuando alguien dejó la ventana abierta" 
(Los misterios del Señor Burdick, Chris Van Allsburg)

La relación entre el lenguaje textual y el pictórico presentes en el microcómic puede ser de tipo complementaria pero también suele ser paradojal; es decir, las palabras apuntan en un sentido que no es exactamente el mismo de las imágenes; de ese cruce de sentidos, de esa tensión de significados, surge entonces una tercera línea de sentido, una especie de fuera de campo (para utilizar los términos de Barthes) que no ocurre ni en el texto ni en las imágenes sino exclusivamente en la mente del lector.

En la microhistorieta se pone a rodar, por medio de imágenes y palabras, un universo que se narra en sus tres actos dramáticos, donde –con gran ingenio y economía- hay una presentación del personaje y del conflicto, un desarrollo de ese conflicto, su nudo y su desenlace. En pocas palabras, hace lo mismo que su madre, la microficción literaria, lo que pasa es que sus herramientas expresivas y las competencias de lectura que exigen por parte del receptor involucran también los códigos visuales y la simulación de movimientos y sonidos.

Exactamente lo mismo que la microhistorieta, pero haciendo uso de la imagen en movimiento, valiéndose de los códigos y los géneros cinematográficos y bajo la premisa de no durar más de 60 segundos, los filminutos también vendrían a ser una suerte de microrrelatos vestidos con ropas audiovisuales. Existen, por supuesto, filminutos de todas las variedades y especies: videoclips, documentales, experimentales, dramáticos, épicos, humorísticos, animados. Pero los que sobrecogen a las audiencias y los que estimulan más a los realizadores a indagar en estos minúsculos territorios donde el reto es decir mucho con muy poco, son aquellos filmes que logran contar una historia con todos sus actos dramáticos de rigor pero sin salirse del lapso estipulado. La intención de estos filminutos o minimetrajes es que la película pueda causar en el espectador la misma emoción, la misma reflexión y el mismo impacto que un corto o un largometraje; aunque la propuesta cinematográfica dure apenas un 1% de lo que durarían sus hermanos mayores.

Estoy seguro que la piedra angular para un buen minimetraje tiene que ser una buena microhistoria convertida en guión a escala. La esencia es la misma, sigue funcionando la misma teoría del iceberg y la misma mordedura mortífera de la coral, sólo que en estos casos se juega con los códigos, con las herramientas expresivas y técnicas y con las posibilidades que ofrece el artefacto cinematográfico.

Les invito a darse una vuelta por estos dos portales:

Queda ya menos de un minuto. No sólo aquí se me acaba el tiempo, se me acaba también en la entrevista que con 9 años de delay vuelvo a sostener con Lynch. El hombre del cronómetro me hace gesto de que apenas tengo tiempo para una última pregunta. Y como estoy absolutamente consciente de que la vida no será tan generosa como para sentarme frente a David Lynch por segunda vez, me lanzo con toda franqueza en una pregunta muy personal:

Yo: Sr. Lynch… es mi última pregunta… le propongo un pequeño juego: supongamos que estamos en el año 2060…
Lynch (interrumpiéndome y con expresión cándida): Oh… estoy entonces muy muy viejo.
Yo (apenado y apurado): No… se supone que ya Usted está muerto.
Lynch (suspirando): Oh, ahora estoy muy triste.
Nos reímos.
Quedan menos de 10 segundos.
Yo (apresurado por acabar la pregunta): ¿Cómo le gustaría en ese futuro distante que la gente lo recordase?
Lynch (alisándose el copete enorme, mirando al infinito con solemnidad): Pues como el director de cine más apuesto de la historia.

La vida me regaló esa breve anécdota que he querido compartir con ustedes y que les juro tiene muy poco de minificción, digamos que es, más bien, un microdocumental.  Realmente yo no fui el autor sino que otro tuvo el gestazo de escribírmela para poderla contar. Como tantas otras historias que uno jura que ha escrito pero la verdad es que no.

José Urriola C.
Caracas, marzo 2010.

Este texto fue elaborado para el Segundo encuentro de minificción de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, marzo 2010.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Macrotrabajo de microficción! Felicitaciones. Toda una clase magistral, no sólo para especialistas en cine.
Esta humilde lectora la ha disfrutado y comprendido por la claridad, sencillez e ilustraciones. Impactante la despedida con el Director;cierre mágico y emotivo, tan característico en el estilo Urriola.

German Herrera dijo...

:O

osea que todo este tiempo he estado haciendo microhistorietas?!?

Está bueno el dato ^^